El patético caso de las personas-topo…

¿Ustedes ya vieron Unbreakable Kimmy Schmidt? ¿No? Deberían.

Es una serie de Netflix creada por la genial Tina Fey y Robert Carlock (Showrunner de 30 Rock). La premisa va algo así: Kimmy Schmidt es rescatada de un culto apocalíptico que la mantuvo en un bunker por más de una década sin contacto con el mundo exterior. Viendo que el apocalipsis no ha mandado todo al carajo, Kimmy decide quedarse a vivir en Nueva York. Hilarity ensues (de pana, véanla).

En la serie, a las chicas rescatadas las llaman “mujeres topo”, porque ajá, si vives 15 años en un hueco en la tierra ¿Qué otra cosa podrían llamarte? Buena parte de la comedia viene de que ajá, Kimmy pasó 15 años metida en un hueco en la tierra. Joder, yo paso un mes sin internet y me siento como Robin Williams en Jumanji recién salido del tablero. Otra parte de la comedia viene de la “lástima” con la que tratan a las chicas topo, porque ajá, ustedes pobres cositas que han vivido la mitad de su vida aislados del mundo, tengan, un poco de mi lástima (es gratis).

Con la serie aún fresca en la cabeza, hoy fui a hacer un par de diligencias en AFIP (suerte de Hacienda/Seniat argentina). Le entrego mi DNI al funcionario para que inicie el trámite y al notar que soy venezolano sus palabras exactas fueron:

“Uh, venezolano, pobre, menos mal que te viniste para acá…”

Hágase la luz: Los venezolanos somos los hombres/mujeres topo.

Tiene sentido, durante los últimos 16 años hemos vivido en un bunker ideológico y político que de a poco va cerrando sus muros de concreto a nuestro alrededor. Si usted vive afuera, en alguno de los tantos países donde los venezolanos escapamos, podrán reconocernos sin esfuerzo: solo vaya a un supermercado y busque al sujeto que se toma fotos delante del pasillo con el papel sanitario, o la nevera de leche. Solo vaya a un bar y vea al simpático amigo que ofrece pagar todo con tarjeta de crédito a cambio de efectivo. Coño, aquí mismo en Buenos Aires, solo vayan a calle Florida donde pululan las gorritas y franelas tricolor, acompañadas del cartelito donde aseguran eso de “aquí tu tarjeta vale más”

Somos los hombres topo, salimos de nuestro encierro y nos sorprende la realidad más cotidiana y elemental: Poder caminar por la calle de noche, poder comprar más de un litro de leche, poder comprar pollo, o carne o más de una marca de la salsa que usamos para cocinar. Poder, no padecer, suena tan fantástico que celebramos el más tonto de los logros, como tramitar una tarjeta de identidad en una mañana o no perder medio día haciendo fila en, bueno, cualquier lado.

En algún momento de esta larga torcida del camino, los venezolanos nos convertimos en algo patético. Sí, patéticos: algo que inspira sentimientos de tristeza, de dolor, de lástima. Sin querer queriendo, además, que diría el Chavo. No es como que vayamos por el mundo exigiendo reparaciones (al menos, no la mayoría), por el contrario, el inmigrante venezolano suele ser alguien preparado, con estudios y un perfil profesional interesante; si bien en algunos casos eso no evita que el rancho mental haga acto de presencia, pero eso es harina de…¡Ah coño, harina, conseguir harina también saca al topo que llevamos dentro!

Y mira, yo no se si quiero ser esa persona-topo. Por un lado la empatía que emana de un “pobre de tu país” suele ser señal para poder hacer una breve catarsis, porque al menos sabes que esa persona delante de ti entiende que tu realidad, sin conocerla del todo, no es algo que se celebra, eso algo que se sufre y se lleva lo mejor que podemos.

Pero por otro…pues mira…pobre de nosotros, país pobre.

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