Carta Abierta: El rumor de las balas

Yo recuerdo la primera vez que escuché un balazo. No me refiero a los sonidos electrónicos del Nintendo mientras te cargas aliens o el sonido artifical de la ametralladora Schwarzenegger acaba con los malos. No, me refiero al sonido del disparo de una automática, el tronar de las balas de verdad, el ruido seco de la detonación que termina una vida o al menos la jode de considerar.

Sería por allá a mediado de los noventas, estaba en la cocina del apartamento junto a mi madre y mi hermana. Discutíamos por alguna tontería mientras cocinábamos, honestamente; no recuerdo sobre que, o que preparábamos, solo sé que estábamos picando cosas cuando escuchamos el primer disparo y nos quedamos en silencio por un par de segundos. Se detuvo el tiempo, se apagó el mundo; dos segundos y al suelo. Vivimos en un piso bajo y no sabíamos de donde venían los disparos; una bala perdida es la única rifa que nadie quiere ganar.

Dos disparos, tres, cuatro…perdí la cuenta. Para mi pudieron ser veinte o más, el asunto es que fueron muchos. Nos quedamos ahí abrazados un rato, esperando que pasara. Nuevamente el silencio, uno incómodo y pegajoso que parecía ahogarnos, ni balas, ni carros, ni vecinos, sencillamente nada. Nos levantamos y fuimos a la ventana, la calle vacía y más abajo, el testigo inerte de lo que había pasado, un carro blanco haciendo de colador y un cadaver en el suelo. De a poco los vecinos fueron saliendo, algunos curiosos, otros morbosos, otros preocupados.
A mediado de los noventa ya supe que era escuchar un disparo, saber que a pocos metros de mi casa alguien había sido asesinado y yo lo había escuchado. Yo sé, desde los 10 años, cómo suena una bala que viaja por la cabeza de una persona.

No, señor Chaderton, no suena hueco, no hace chasquidos. La muerte nos trata a todos por igual, una bala cruzando un craneo suena a silencio, huele a podrido y retumba en lo más profundo de quien lo escucha. Las bombas no distinguen, y en esta Venezuela que usted ha ayudado a (de) construir, las balas tampoco. Aquí decenas de miles han aprendido, para olvidar de inmediato, que una bala al arrancarles la vida suena a olvido. Los disparos de los colectivos, de los delincuentes, de los malandros adolescentes hechos en socialismo, hombres nuevos que les dicen, son la cacofonía, la banda sonora del venezolano de a pie, ese que no lleva escoltas, ese que no tiene para defenderse, ese cuyo único crimen no es tener la cabeza vacía, sino el bolsillo.

No ofende usted sólo a los opositores a los que con tono bravucón y despectivo trata de llamar cabezas hueca, ofende también a todos los venezolanos que han tenido que decirle adiós a un hijo, padre, hermano o amigo por culpa de las balas que usted falla estrepitosamente en describir. Ofende además la memoria de todos sus compatriotas que un día salieron confiando en la seguridad que el estado del que usted forma parte debía proveer, y que no regresaron nunca a casa. Ofende la inteligencia de quienes desde afuera intentan construir puentes  en una nación que usted ha ayudado a dividir. Ofende, además, el que usted piense que todo se arregla con una disculpa cargada de sorna.

Pero da igual, seguramente usted no leerá estas palabras, seguramente solo servirán como ejercicio de catarsis para un servidor; como suele ser el caso en Venezuela, dará igual. Al menos nos queda un consuelo, no sé si de pobre o pobre consuelo: Una cabeza vacía se soluciona con educación, pero un pecho vacío sin alma ni corazón, para eso no hay remedio.

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