Los problemas cotidianos ¿derecho o privilegio?

Antes de “meterle la lengua al mantecado” debo aclarar un par de cosas:

Este post me ha costado escribirlo, sobretodo porque no sabía por donde entrarle al asunto. No creo que hayan muchos estudios al respecto y es algo difícil de fundamentar en números, sobretodo porque es algo que nace de la tripa. De ahí que esta “reflexión” venga también de un lugar parecido, aunque la cabeza asuma el control en algún momento. Pos eso.

Hoy deambulando por Twitter me topé con este tweet del amigo @LuisCarlos

Hice eco del twet y además respondí citando este pequeño detalle.

Si les da ladilla hacer link o no hablan inglés (los habrá, ambos) el vínculo lleva a una página sobre una falacia común. En esencia dice que (en la mayoría de los casos) es falaz tratar de derrumbar un argumento apelando a un problema mayor. Es decir, si tú dices “Tengo X problema…” y alguien trata de restarle validez respondiendo “Sí, pero hay X problema mayor”, entonces esa persona incurre en una falacia lógica. Dicho en cristiano, tus peos no le restan importancia a mis peos. Otra que aplica es el viejo amigo “argumento ad hominem”, osea, la gente que trata de anular tus opiniones sobre Venezuela “…porque tú ya no vives aquí”; hayase visto semejante vaina.

Pero saliendo de la cabeza y volviendo a la tripa, ¿qué motivo causa esta falta de empatía entre los venezolanos?, y ojo, que el asunto puede ir de una vía u otra; nunca falta el emigrante que trata de disminuir al que se queda por el simple hecho de estar en Venezuela.  Nadie se libra de ese pecado por virtud de donde sienta el culo. Ahora, haber vivido ambas condiciones quizás me ayuda a ganar cierta perpectiva. Aclaro entonces que todo esto lo digo desde la perspectiva del que emigra.

La verdad es que emigrar no es nada sencillo. De hecho, es bastante jodido. Si ustedes piensan que adaptarse a un nuevo trabajo, a una nueva escuela o a una nueva ciudad es difícil (que puede llegar a serlo), imagínense  cómo es adaptarse a toda una nueva cultura, a una nueva variedad de códigos y señales. Solo siéntense un momento y traten de ponerse en los zapatos de un emigrante; no lo hagan por lástima, háganlo por empatía.

Está claro también que emigrar puede ser muchas cosas diferentes. Quien tiene pasaporte y recursos lo tiene relativamente más sencillo: la seguridad legal y económica abren muchas puertas y tranquilizan muchas emociones complicadas de llevar cuando se está a miles de kilómetros de casa. Ahora bien, son pocos los que se van derrochando dinero y papeles. A una buena parte, diría que la gran mayoría, les toca hacer sacrificios para poder darle al botón de reset de la vida. Dejar familia, amigos y parejas atrás, desprenderte de una buena parte de tu patrimonio, invertir o casi apostar tus ahorros… solo por nombrar los más conocidos. Todo esto sin, muchas veces, una sola garantía que la movida te traerá el éxito. Y ojo, que apenas acabamos de llegar.

El inmigrante, idealmente, hereda todos los beneficios de la tierra que le recibe: oportunidades, seguridad, empleo, o la simple posibilidad de comprar más de un litro de leche. Lo que nadie ve es que uno también recibe todos los problemas del país: los políticos, los sociales, los económicos; sumados a otros propios de tu condición, como la xenofobia o el racismo. Ser inmigrante no te coloca en una burbuja especial en la que eres ajeno a todos los problemas nacionales, por el contrario, usualmente significa que tienes estrés por partida doble: los problemas de tu país natal y tu país adoptivo. No son pocos los venezolanos que dividen su indignación entre los infortunios de sus dos casas, de hecho, a veces de tres o cuatro, dependiendo de donde tenga amigos o familiares regados. Ustedes saben, por aquello de la empatía, bendita palabra.

Porque al final, es a la empatía donde llevan todos los caminos. Empatía que te permite entender que lo pueden pasar mal tanto el que se va como el que se queda, empatía que te hace compartir la indignación por las injusticias que ocurren, donde sea que ocurren. Empatía que nos ayudaría entender mejor la realidad del otro, sea cruzando la acera o cruzando el Atlántico, empatía que al fin al cabo es lo que te hace entender que pasar roncha no conoce de raza, credo o geografía, que expresar malestar siempre será un derecho, no un privilegio.

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