El truco de la memoria: Música nocturna, latas y flechazos de amor

Imagino que, de carajito, cada quien descubre el mundo a su manera. Con algunas diferencias, desde la generación de mis padres hasta la mía, era con libros, con periódicos, con radio y con televisión. Cada quien tenía su veneno favorito, pero era más o menos eso. Luego vino la generación de mi hermanita y ya era otro rollo, con tus conexiones a Internet, tus nativos digitales y tus smartphones.

Para mí, fue el deporte.

Yo me enteré que había más allá de las cuatro cuadras de mi casa gracias a los deportes. Dos cosas fueron claves: el álbum de barajitas de Italia 90 que me compró mi mamá y la lata de Coca-Cola conmemorativa que me compró mi papá (de Argentina, cosas de la vida); el álbum no lo tengo claro, si fue que yo se lo pedí o ella me lo regaló de forma espontánea, me gustaría pensar que lo segundo. La lata de Coca-Cola si fue un antojo del momento, comprada en La Matica. Que haya sido conmemorativa fue un accidente afortunado, como los que han visto el interior de mi habitación en Maracaibo podrán corroborar.

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Podrán notar que Venezuela, en efecto, era otra. Además, notemos la bandera de Zaire en el medio, que no iba al Mundial desde el 74 o la del Reino Unido que no existe como selección.

Pero claro, los Mundiales terminan y a ver cómo le explicas a un nene de seis años que tiene que esperar cuatro más para el siguiente. Suerte que existen los Juegos Olímpicos. En el 92 se venían los juegos de Barcelona y dos cosas las tengo grabadas en la cabeza, una en los oídos. Pero vamos por partes,

Quien me conoce sabe que no puedo dibujar aunque mi vida dependiera de ello, nunca se me ha dado. Pero hubo una cosa que pude dibujar de chamín y creo que llené páginas y páginas de cuadernos con ello:  Cobi, la mascota de Barcelona 92, un perrito diseñado por el gran Javier Mariscal. Claro, a mi me importaban tres pepinos si lo había diseñado un bedel de la Sagrada Familia, lo genial era que yo lo podía dibujar.  No se si en alguna caja, alguna gaveta o en algún cuaderno olvidado en el rincón del closet sobrevive algún dibujo de Cobi, es bastante probable que no, pero sería la pieza más valiosa de los fósiles de mi infancia.

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Gracias Cobi, por molar tanto.

 Lo segundo, y esto imagino que es un recuerdo compartido, es lo que para mí sigue siendo el encendido del pebetero olímpico más impresionante que ha habido, maravillas mecánicas o pirotécnicas me importan un bledo. Seguro que ustedes también estaban ahí, pegados a la tele con Venevisión/RCTV puestos, viendo como Juan Antonio San Epifanio llevaba la antorcha por entre los atletas, recorriendo los metros que lo separaban de… un arquero. Luego me enteré que se llamaba Antonio Rebollo, que era un atleta paraolímpico y que realmente no había apuntado al pebetero sino encima del mismo. Es igual, de recordar el asunto se me ponen los pelos de punta y los ojos aguados. ¿Cómo no enamorarme de esta vaina?

La tercera es más jodida de explicar, pero se hace el intento. Me permito unos saltos temporales un tanto raros, ya verán por qué.

Hay una peli que se llama Master and Commander, con Russel Crowe y Paul Bettany. Da igual si la vieron o no, el asunto es que al final, la última escena, es el buen doctor Maturin (Bettany) y el capitán Aubrey (Crowe) tocando una melodía en el violín y el chelo. A mi la dichosa cancioncita me sonaba familiar, no estaba seguro del por qué, pero me sonaba extrañamente familiar, casi nostálgica. ¿Ustedes saben esa sensación de paz y de plenitud cuando escuchan “Concerning Hobbits”? Bueno, una vaina así, pero con tintes de infancia, olor a sueños y a la sala de mi casa con el viejo televisor Sony culón, y claro, el VHSaurio grabando.

Es 2010 y yo vivo en Barcelona. Escribo sobre juegos olímpicos en mi blog deportivo y decido que es buen momento para revisitar la ceremonia de inauguración del 92. Sentado en la sala, mirando el barrio de Gracia por la ventana, sin audífonos porque la hermana está en el curro, me topo con esto:

Ah, coño, ahí era donde la había esuchado.

De repente la sala de casa era la otra sala de casa, sí, esa del televisor culón Sony y el VHS viejo. De repente mi hermana no está en el curro, está en el sofá viendo la misma ceremonia e, intuyo, enamorándose de la misma ciudad que un día ibamos a compartir como hogar. Es un instante nada más, pero en ese segundo todas las piezas encajan. La pieza es de Luigi Boccherini y se llama “Música nocturna de las calles de Madrid“. ¿No encaja? Les doy más piezas, el personaje de Bettany, el doctor Maturín es mitad Irlandés y mitad… catalán. Es una chorrada, sí, pero de haber magia seguro que existe en momentos así, de esos que el Gabo se quedaba anchísimo describiendo.

Imagino que, de grandes, cada quien se inventa una historia de como descubre el mundo, a mí sólo me hace falta una lata, una flecha, una canción y cantidades liberales de magia. Y bueno, sí, una conexión a Internet.

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