El truco de la memoria: santuarios y barajitas.

Tengo que confesar una cosa: el fútbol no siempre fue mi deporte favorito.

¿Menuda chorrada, no? Es igual, no todos podemos ser Garganta Profunda o saber dónde carajo está el cadaver de Jimmy Hoffa. Pero hay verdades que aunque pequeñas, cuentan mucho de nuestra historia. Y mira, no se ustedes pero de todas las que conozco, la mía es la que más me interesa. En cualquier caso, tenemos tiempo, capaz en un futuro les suelte algún brollo más jugoso.

De vuelta al tema. Ya antes hablamos de cómo descubrí el mundo a través de los deportes, pero hubo dos que tuvieron particular importancia. El baseball y el basketball. Del primero no hay mucho que decir, lo jugué bastante de pequeño y en una navidad me dieron mi primer guante, negro, marca Tamanaco. Se que fue durante un intercambio en casa, había mucha gente y honestamente no se quién me lo compró, me gustaría pensar que fue un esfuerzo conjunto de mi madre y mi hermana. Eventualmente llegaría el segundo, un Rawlings marrón que vino con un guantín incluído, cortesía de mi padre. Podría jurar que ambos están en alguna caja de casa, porque sí, soy de esas personas que no tiran nada, ni regalos, ni papeles, ni recuerdos (o los tres al mismo tiempo).

 El segundo, bueno, tela, bastante.

Quienes han ido a mi casa pueden comprobar que en el parque hay, de hecho, una pequeña cancha de basket. Nada del otro mundo, un par de aros y piso de cemento. Ahora, si descontara las horas de mi vida que pasé jugando con los vecinos en esa cancha, mínimo me devuelven a secundaria. Si hay un escenario predilecto en la película de mi infancia/adolescencia, es esa bendita cancha; que por cierto, hacía las veces de diamante de baseball, pelota de media incluída.  Pero, siempre hay uno, mi afición vino por otro lado. Les cuento más.

La tienda se llamaba Carioca Sport. Estaba en 5 de julio, frente al colegio Nazareth, diagonal a la Iglesia San José. Les podría decir que pasaba mucho por ahí, pero ¿para qué caernos a mojones? lo sé porque yo, de hecho, iba bastante a esa iglesia.

San José, en aquella Maracaibo de los ochentas tardíos/noventas tempraneros era una parroquia con mucha vida comunitaria, en un sentido bastante nortamericano. En buena medida se debía a la presencia de un grupo de religiosos canadienses que le inyectaron un sabor anglo al asunto. La cosa es que allá se iba, pues, a hacer cosas…ehm, de religión. No se, plan sunday school, vainas así. Me gustaría ser mucho más preciso, pero dudo que les llame la atención escuchar esa parte del cuento. Yo lo disfrutaba, bastante. Había, además, una misa especial para niños que era a las 11:00 am los domingos, donde los primeros bancos tenían avisos de reservado. Pequeña cortesía.

Seguro que esta no la vieron venir.

Seguro que esta no la vieron venir.

Los sábados eran de comer con mi papá (son, si estamos en la misma ciudad, lo son). Los domingos eran de ir a misa con mi madre y mi hermana, y sí había suerte (y dinero), de ir a Carioca Sport y comprar uno o dos paquetes de barajitas de basket. Sí, de basket. No sé por qué no de baseball. No tengo una explicación buena, sencillamente me gustaban más las de basket, me gustaba ver los partidos de la NBA en la tele, me gustaba cuando mi tía Aleida me enviaba franelas o banderines de los Rockets de Houston. Y mira, como daba la tabarra para sacar un paquete. En retrospectiva, era una ladilla, estoy seguro que más de una vez mi madre sacó de donde no tenía para comprarme al menos un sobre. Gracias, y disculpa la joda, era pequeño, necio y lleno de energía (léase: azúcar)

Ahora, hay algo que puedo asegurar. Salvo algun decreto de expropiación del que no haya escuchado, mi colección de barajitas de basketball sigue ahí en mi cuarto, todas y cadas una guardadas en la carpeta azul, protegidas dentro de las páginas de plástico compradas para dicho fin, y porque capaz valdrían unos cobres un día. Si tan solo vendieran unas así para guardar recuerdos, oh bueno.

De todas las tarjetas que están guardadas, hay una que tiene un significado especial, ya verán por qué.

No estoy seguro si fue en un día del niño o un cumpleaños, sé que fue en esos meses. Me desperté y fui al cuarto de mi mamá a pedirle la bendición y a preguntar que había de desayuno. Me dijo algo en plan: hay un regalo sorpresa para ti, pero tienes que buscarlo, está escondido en el cuarto. No veas cómo le puse patas arriba la habitación. Pero dí con el regalo que, alegría, eran dos paquetes de  tarjetas, uno NBA Hoops y otro Skybox (misma empresa, diferentes marcas). Abrí el primero, no me pregunten que salió porque no recuerdo, daba igual. Abrí el segundo y noté que había algo raro en el contenido, plan Charlie y el billete dorado.

Esto fue lo que encontré:

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Esto es la tarjeta de plástico del Dream Team, Team USA, de Barcelona 92, editada por Skybox en la 92/93. En el anverso hay una imagen de la inauguración de los Juegos Olímpicos, con un detalle inserto de Antonio Rebollo justo antes de disparar la flecha. En el reverso está el roster del Team USA, incluídos técnicos. En la fila de arriba, de izquierda a derecha están: Mike Kryzewski, Lenny Wilkins, Michael Jordan, Larry Bird, Magic Johnson, Chris Mullin, Clyde Drexler, John Stockton y P.J. Carlesimo. Abajo en el mismo orden: Scottie Pippen, Christian Laettner, Patrick Ewing, Chuck Daly, David Robinson, Karl Malone y Charles Barkley.

Y me salió a mí. En un paquete que me regaló mi mamá, sin que yo montara el drama. Cómo dio vueltas la dichosa tarjetica, se la mostré a todo el mundo, incluyendo a “amigos” que me la robaron. Suerte que las abuelas no andan con pendejeras y que la probabilidad es implacable, la barajita volvió a mí después de un momento “Ley de Burke” de mi parte. Siendo honestos, no tengo idea de cuanto vale la tarjeta, en términos de piedrólares. Para mí, vale un episodio de mi vida. Ponle precio a eso, Beckett.

Ya les dije, no tiro nada. No he tirado una sola de las tarjetas que me ha comprado mi madre, padre, tías o que he intercambiado. Probablemente vale más el papel en el que están impresas, es igual, como si valieran cientos de dólares. El tiempo ha pasado desde ese verano del 93. Vinieron y se fueron los Bulls de Jordan, Pippen y Rodman. Llegaron más paquetes de tarjetas,  eventualmente más y más comprados de mi mesada. Un día, a las finales de la NBA las sustituyeron las finales de la Champions League, a los Jordan, Malone, Kemp y Olajuwon le sucedieron los Giggs, los Rivaldo, los Overmars, los Kahn; y mira, vueltas de la vida, hasta a Maracaibo le siguió Barcelona.

Pero la barajita sigue allá. Guardada en su carpeta y en su página de plástico, oculta, pero a la vista de quien sabe donde buscarla. Allá sigue, escondida en la habitación, igual que tanto recuerdo se haya oculto en cada rincón de ese viejo apartamento, del parque con su piso de cemento y sus aros oxidados.

Yo les dije, a veces una confesión puede sonar a chorrada, pero no veas la de historias que esconde.

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