El truco de la memoria: La caja ¿Qué hay en la caja?

Pedir algo por correo en Argentina es un soberano coñazo. O no, no lo sé, capaz y soy yo el que está mal acostumbrado al tema de recibir cajas por correo. Aquí no solo es caro, por unas leyes dantescas y medievales sobre el tema de “Pedir Vainas por Interné”, sino que además es profundamente fastidioso e involucra ir a Retiro, que según donde vives, bien puede ser las “Lomas del Orto”.

Y con lo de pinga es cuando te llega algo por correo. Hace poco estuve en Estados Unidos y le saqué tanto el jugo al Amazon Prime que el último envío llegó con una tarjeta de parte de Amazon diciendo “tenemos que hablar”. Para mí las cajas siempre han sido una fuente de diversión, y no porque las usaba para imaginar que estaba en una nave espacial, sino porque las cajas esconden sorpresas y cosas, cosas que queremos. Sí, demándenme, pero les aseguro que las tres últimas cajas que recibieron no fueron para hacer un diorama de Star Wars, pajúos.

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Se han visto los casos, sin embargo.

En mí caso, “La Caja” más que un objeto genérico, es un personaje con su propia historia. Verán, cuando mis abuelos vivían en su casa de Valle Frío, zona popular de Maracaibo entre Bella Vista y el Milagro, era tradición que todos los diciembres, mi tía que vive en EEUU, visitara a la familia. Con mi tía solían venir mis primos, aunque con el paso del tiempo, cada vez menos.  Con todos ellos solía venir una enorme caja de cartón.

Ojo, hablo de la época en la que la Terminal Internacional del aeropuerto era abierta, sin aire acondicionado, con un sólo kiosco que por alguna razón nunca estaba abierto. La misma época en la que el concepto de “maletas con ruedas” aún no era popular y en el que el “maletero” era una institución de asistencia al pasajero, en lugar de una persona fastidiosa que intenta estafarte con la compra de dólares o colándote en la fila de check-in.

Pero desvarío, de vuelta a la caja. La caja solía contener:

  • Juguetes para mí.
  • Juguetes para mi papá (como un Sega Génesis)
  • Ropa para varios (mi hermana, mi abuelo, yo…)
  • Perfume y cosméticos para las mujeres de la familia.
  • Encargos varios de mi abuela (juraría que alguna vez vino un repuesto para su máquina de coser)
  • Doritos.
  • Y galletas Pepperidge Farm, porque Pepperidge Farm recuerda.
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¿Se acuerdan cuando bachacos eran hormigas o ingredientes de picante? Bueno…

La caja era un “big deal” para mí. Sí, seguramente porque habían cosas que quería, pero también porque la caja era sinónimo de que había llegado la navidad. Es decir, era época de salir en familia, de estrenar, de que mi tía y mis primos nos visitaran, de pasar 24 y 31 en casa de mi otra tía (ese cuento, luego), de comer sobras el 25, y claro, de no tener clases. En el fondo la caja no traía nada particularmente especial, quizás un par de cosas que no se conseguían en Venezuela, en esencia eran regalos o encargos, pero representaba muchísimo, en el mismo sentio que un pan de jamón es solo pan y jamón, pero habla mucho de nuestras costumbres.

En 2013 volvimos a recibir una caja. El contexto fue considerablemente diferente.

En 2013 mis abuelos ya no están con nosotros y la casa está alquilada. En 2013 mi tía no nos pude visitar por diversos motivos, aunque por suerte podemos aún visitarla a ella. En 2013 la Terminal Internacional del Aeropuerto es un edificio cerrado, con aire acondicionado y más de un kiosco, pero funciona sin casi vuelos y menos rutas aún. Eso, solo por nombrar algunas diferencias de fondo.

En 2013 la caja llegó, luego de meses de problemas en aduana que involucraban, me cuentan,  diferentes formas de corrupción. Seguramente recordarán esos meses en los que los containers se acumulaban en el puerto de Maracaibo y que una buena cantidad de importadoras y negocios de envío puerta a puerta se fueron a la mierda, o tuvieron que rehacer sus procesos de arriba a abajo para poder seguir funcionando. Bueno, fue para esa época.

Luego de meses de espera, de llamadas, y de incluso darla por perdida, finalmente la caja llegó. La caja de 2013 contenía:

  • Cereales de dieta.
  • Pilas.
  • Pijamas y franelas.
  • Papel sanitario.
  • Cepillos de diente de un modelo particular.
  • Crema dental de un tipo particular.
  • Gel desinfectante.
  • Kleenex.
  • Servilletas.

Creo que podría cerrar la historia aquí y el chiste trágico se contaría solo, pero permítanme el pecado de darle una vuelta más a la tuerca.

La caja, la visita de mi tía, los regalos, todo eso era una celebración. Que si, que era navidad, pero lo realmente de pinga era que estábamos juntos. Seguramente ya habrian problemas, esto era la Venezuela  que siguió al viernes negro después de todo; pero eran problemas que no te impedían hacer cosas bastante elementales, como comprar la cena sin dejarte medio sueldo, hacer mercado sin perder el día entero o, bueno, limpiarte el culo sin pensar en cuanto papel te quedaba.

La última caja solo es el epílogo de una tragedia que parece no tener punto final. Un experimento de proveeduría a la bananera, un punto y final a las ganas de creer que algo, una cosa, cualquiera, de la vieja Venezuela aún existe. Un país que como he mencionado antes, solo existe en la memoria y donde, contrario a la mentira oficial, no, no se comía perrarina.

Desvarío nuevamente, disculpen.

De vuelta a la caja de 2013, guardamos el papel, guardamos las servilletas, guardamos la crema dental como quien guarda provisiones para el invierno. No se cuanto quedará de ese fondo de emergencia, si algo. Espero que al menos se haya podido reponer. Mientras, sigo buscando la forma sencilla de recibir paquetes sin pasar por Retiro, aunque capaz y eso también sea una Argentina que ya no existe.

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