El truco de la memoria: domingos rituales.

Este domingo, después de trabajar, me encontré haciendo zapping mientras me disponía a practicar la noble disciplina del rasquinballing, ese deporte tan ameno y tradicional de los domingos. Pasando canales me topé con el Masters, y ante la incredulidad (y algo de fastidio, quizás) de mi novia, me lo quedé viendo. Si ustedes se reprimen de cosas awesome, les explico que el Masters es un torneo de golf, ¿de golf? sí, de golf.

Poco importa si les gusta el deporte o no, el Masters is a big deal (relativamente, claro).

Pero de vuelta a la habitación con la contrariada chica y el que vería hasta un torneo de bolas criollas. Mientras veía a uno u otro jugador embocar y bajar golpes en su tarjeta, me acordé de un detalle: a mí de hecho me gusta el golf. Que sí, que veo hasta las partidas de petanca de los abuelos en las plazas (no es coña, eh) pero es que de hecho me gusta ver el golf, lo encuentro entretenido, hasta emocionante. Es lo que hay.

The Masters - Final Round

Shit is going about to go down… under par.

Pero, como suele ser el caso en los cuentos de este blog, hay más.

Para mí, la última ronda de un torneo de golf, eran parte programación dominguera y parte ritual. Verán, ya antes les comentaba que descubrí que el mundo era un lugar bastante grande gracias a la pantalla de mi televisor y una robusta grilla de programación deportiva. Lo que no les comenté es que el gran ¨culpable¨ de eso es un simpático señor con el comparto nombre y ADN, también conocido como mi querido seyor padre.

Siempre he asumido que el vicio me lo pegó porque ya era suyo, aunque a parte de mí le gusta pensar que si acaso se hizo más intenso gracias a que podíamos compartirlo. Los fines de semana en casa de mi padre eran bastante rituales. Un elemento importante del asunto era levantarse temprano los domingos para ver la Fórmula 1, aquella de Prost, Senna y Mansell, cuando aún se corría en Phoenix y en Estoril, y Schumacher aún no le salían las espuelas.

jordan91-pic2

Ý habían carros patrocinados por 7up, TicTac e Irlanda. Damn right.

Daba igual quien ganara, anque a mí me molaba Mansell porque su carro era azul. El asunto era el ritual, la tradición, que en retrospectiva, es un tema que siempre me ha obsesionado. El ritual es paradójico en el sentido que se justifica a si mismo, en su repetición a través del tiempo. Es importante porque se hace, como se ha hecho antes y como se espera que se seguirá haciendo. El ritual crea la tradición, y la tradición dota de emoción a la repetición. Es como un ouroboros, aunque en mi caso, incluya groserías.

Mis rituales siempre han sido íntimos, pequeños y sumamente mundanos. Comer, gritarle a la tele y a hombres que corren a miles de kilómetro de distancia (y a centenares de kilómetros por hora), o a tipos que golpean una pequeña pelota en un campo de Georgia con la esperanza de sacarse una foto vistiendo un feo saco verde, solo por tradición. Mis rituales suelen ser sociales, ver la Fórmula 1 con mi papá, comer sobras con mi mamá los días de navidad, pasar nochevieja en casa de mi tía Tata, recibir a mi  tía Aleida en el aeropuerto o hartarme en el Cal Robert con mi hermana.

El ritual es entonces comunión, y meditación. Da igual cual sea, pintar, hacer sushi, comer o ver un equipo de cualquier deporte. Es meditación porque te descubre y descubres, idealmente, valor. Ustedes pensarán que exagero, pero después de ver mil veces a 22 tipos disputarse un balón, pues ya no ves a 22 tipos disputando un balón. Eres capaz de apreciar lo que ves o lo que haces a un nivel meta, especialmente porque también eres capaz de ver lo que dice eso de ti, y de la persona con quien lo compartes.  Es comunión, porque eres capaz de disfrutar del sencillo placer de la compañía. Créanme, invertir tiempo en estar con alguien es una gran muestra de aprecio, después de todo, el tiempo es un recurso precioso, finito.

De vuelta a a lo mundano.

Quizás la frustración, una de tantas, que encierra la diáspora venezolana, es ver alterada la rutina de nuestros rituales. Construir una vida de cero no solo es conseguir trabajo, casa, coche y perro (no siempre en ese orden) sino construir, a través de la repetición, tradiciones que armen un vínculo con este nuevo hogar. Desde irse a tomar una cerveza en el mismo bar donde ya te conocen por nombre, o ir a comer en el mismo sitio donde el camarero te guarda la mesa, hasta sencillamente ver el partido de tu equipo favorito con tus nuevos compañeros.

Con el tiempo te das cuenta, para añadir fuego a la indignación, que uno no sustituye al otro. Tus nuevos ritos están cargados de toda la fuerza y valor que se merecen, pero al carajo la termodinámica, lo hacen con una energía que es nueva y única, que no nace de la resta de valor a tus viejas tradiciones. Y eso jode, porque aunque yo disfrute de ver el partido con una pinta en el bar con mis amiga Paola, no quita que quisiera poder verlo con mi padre en casa, con un ron después de almorzar. Aprendes a vivir con ello, hay que joderse.

Pero mira, capaz el golf es solo golf, que se yo. Pero da igual, que los domingos de cabalgata deportiva con mi padre no me los quita nada ni nadie, aunque esté del otro lado del continente.

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