El Truco de la Memoria: El Coronel no tiene quien le compre chucherías.

El billete de 100 ha muerto.

Larga vida al billete de 100.

Ah no, pará, que no hay billete de 100.

¿Los cajeros dan billetes de 100?

Ah bueno, entonces…qué peo. Qué peo todo en Venezuela, qué peo vivir, que peo extrañarla, qué peo no odiarla pero tampoco quererla, que peo que todo sea un limbo, comprar, vender, gastar, amar y hasta tirar, gracias a la falta de anticonceptivos.

Cuando vi la noticia de los nuevos billetes pensé dos cosas: cuánto se tardarían en llegar, cuán grande sería el rollo de su implementación, y cuántos serían necesarios para los cuatro pastelitos y la uvita en Edwards. Bueno, son tres cosas, pero es que tanta incertidumbre y falta de patacones le afecta a uno las habilidades más básicas.

Pero al tema.

De aquellos boliquesos, estas boronas.

Recuerdo una vez, hace bastante tiempo, que mi papá me dio un billete de 100. Honestamente no sé que hice para que me diera 100 bolívares, capaz me porté bien, o saqué buenas notas en el colegio, o qué se yo, quizás estaba de buen humor y me dio 100 bolívares porque sí.

En ese entonces, con las prioridades que podría tener a los 6 años, lo primero que pensé es que 100 bolos compran muchas chucherías. Dicha compra, además, solo me tomaría el tiempo que tomaba al ascensor llevarme a la planta baja , gracias al emprendimiento de la señora Marcelina, la conserje del edificio que para ese entonces tenía una especie de kiosco en la conserjería donde vendía además de chucherías variadas, refrescos de a litro en botella retornable. Dios bendiga y le siga dando vida a esa señora por la comodidad de poner la bolsa de pepitos y la coca-cola a un botón de distancia.

Les soy completamente sincero, no sé si fui a comprar chucherías, capaz sí, o capaz las compré al día siguiente, tras una infructuosa charla sobre el ahorro por parte de mi querida madre. El punto es que para ese entonces, tipo 1990, 100 bolívares eran…algo.

Ponele que al cambio fuesen 2 dólares, una distancia maratónica de los 23 piedrólares que se obtenían por el mismo papelito hacía apenas unos 10 años. Pero algo se compraba, salir a la calle con 100 Bs te permitía resolver algo, ir y volver a casa, comer y beber algo para que el hijo de puta sol maracucho no te produjese un tabardillo de corte tradicional.

Para ese entonces cuando le pedía dinero a mi madre para comprar “algo” , lo más usual es que me diera un billete de 20 Bs, y ya ese rendía; al menos una chuchería salada, un chocolate y algún caramelo podía llevarme. Qué se yo, puede que Marcelina tuviese precios solidarios, pero si esos 20 Bs ya rendían, lo de gastarme 100 Bs en el mismo plan era gula pura y dura. Prioridades de infancia, quiéranme.

Dígame, Dr. Vargas, ¿es grave?

Con el pasar de los años, el billete pasó a ser uno de 50, y eventualmente uno de 100, para casi de inmediato pasar a ser uno de 500. Ya para cuando tenía que ser uno de 1000, creo que Marcelina no vendía chucherías. En ese entonces el billete de 100 era un problema, algo que ocupaba espacio en la billetera y no resolvía ni el estacionmiento. Cuando terminaba el cole, ya la norma eran las monedas, siendo la de 500 bs la de más alta denominación, y algo así como una leyenda urbana.

Entrado en la universidad lo normal era llevar billetes en denominaciones de miles, siendo el de mil algo así como cargar cicutillo en el monedero, e igual de útil. Si no me falla la memoria reciente, el más alto llegó a ser el de 50.000 Bs, con el pobre Dr. Vargas y su cara de circunstancias que nos cuestionaba cómo habíamos llegado a este punto. Con inflación y todo, podías llevar una billetera más o menos preparada para cualquier eventualidad, atraco incluído, y que no causase problemas de espalda. Recuerdo que pagar en efectivo el nestea y la merienda-cena de la universidad era algo que se podía hacer con un solo billete.

Vainas del destino, en esos años  me volví a encontrar con el billete de 100.

Era un taco de papel triturado que mi jefa en el canal de televisión tenía como adorno de su escritorio, una especie de monumento de papelillo emitido por el BCV en homenaje a la Venezuela que estaban en proceso de llevar a la mismísima mierda. Me causó gracia pensar en ese momento, entre noticias de sucesos y entrevistas a políticos, cuántos billetes de 100 había en ese bloque, y sobretodo, ¿cuántas chucherías podría haber comprado?

Llegó, eventualmente, la re-conversión. A mí me pilló casi de salida a España, aunque agradecí el recorte de ceros que me facilitaba sacar las cuentas necesarias para los trámites del señorito CADIVI, que pare ese entonces ya tenía cinco añitos y sabía hablar, y claro, putear.

Volvía el billete de 100, con todo, fuerte, hinchado de anabólicos y más cachas que el Terminator en sus años mozos. Con el careto de Simón en plan “hola chamyta…”, el billete de 100 volvía a ser el caballo de batalla del “yo brindo” venezolano, el papelito no ya de 23$, sino de 46$. Vamos, era llevar al primer mundo en el bolsillo.

Eso fue hace ocho años.

We will come back?

En ocho años el billete de 100 Bs, que valía casi 50$, que compraba bultos de harina, que era un peligro potencial en grandes cantidades, ese símbolo de la nueva economía, de la nueva Venezuela borracha de barriles a 100$ vale hoy…centavos de dólar.

En ocho años pasó de pagar la cena a valer menos que el la servilleta que usaste para quitarte la salsa tártara del cachete, guarro. Vale menos que el papel con el que te limpias el culo unas horas después de esa cena.Y normal, porque ¿saben qué es jodido conseguir? papel sanitario. O cena. Quiero llorar.

Le decimos adiós al billete de 100, de nuevo.

¿Volverá, en forma de fichas, como ALF?

¿En forma de adornos de papelillo compactado?

¿Regresará adelgazado de ceros e hinchado de promesas?

Sobretodo, ¿volveremos a ponernos hartos de chucherías con un billete de 100?

Pues eso.

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