Rogue One o la otra guerra de las galaxias.


Star Wars es algo importante para mí y para Victoria. Hemos tenidos casi una decena de maratones de la trilogía original desde que estamos juntos, sin contar las veces que las agarramos sueltas en cable y, como dictan los manuales, nos quedamos viéndola. A eso le sumamos que la mitad de la decoración de casa son figuras de la saga, más un puñado de camisetas en el clóset. Creo que si no nos disfrazamos para ir a alguna convención es más por falta de dinero que por exceso de vergüenza. Siendo ambos algo enfermos del cine, pues la sagrada trilogía es parte fundamental de la dieta.

Dicho esto, fue apenas hoy que pudimos ver alguna peli de Star Wars en el cine, juntos. Y me queda buen sabor con que haya sido Rogue One. Vamos a ello.

Ah, por cierto, puede que haya algunos Spoilers y esas cosas, así que pendientes, mis hijos.

Una precuela diferente. Menos mal.

Desde la introducción, Rogue One declara que es algo diferente. La ausencia del mítico tema de John Williams y el “opening crawl” con el prólogo nos dice que esto no es  a lo que estamos acostumbrados. Temáticamente, visualmente y argumentalmente, todos los elementos familiares están ahí, pero el tono es otro. Después de todo, hay más de una forma de freír los patacones, o algo así.

Lo que nos cuenta Rogue One es simple: es la historia del grupo de rebeldes que roban los planes de la Estrella de la Muerte. En esencia, es una película creada para justificar lo que es, para algunos, uno de los agujeros argumentales más grandes de la ciencia ficción: por qué la Estrella de la Muerte tiene un defecto de diseño tan grande. 39 años después, se nos acaba la joda, pues.

Para contar esta historia nos presenta a un grupo completamente nuevo de héroes, con algunas caras conocidas aquí y allá. Del amplio y diverso reparto destacaría a Diego Luna y a Alan Tudyk, quienes son los que mejor sacan jugo del material que tienen a mano. Felicity Jones aunque es convincente en su papel de anti-héroe en la vena de Han Solo, y Forest Withaker se devora la pantalla en las escenas que tiene. Donnie Yen y Jian Weng nos regalan dos personajes deliciosos; aunque faltos de queso en la tostada y son  Riz Ahmed y Mads Mikkelsen quienes se sienten  sub-utilizados, tirando a flojo.

En el bando imperial es Ben Mendelsohn quien en teoría lleva la batuta, pero es  la presencia de ultratumba de Peter Cushing (en el cuerpo de Guy Henry) como el Grand Moff Tarkin quien se echa la película al hombro del lado de los malos. Tiene huevos, considerando que el hombre tiene 20 años muertos. Imagínenlo bueno, sano y entalcado.

En su conjunto, es la pata personajes donde la mesa tambalea en Rogue One, salvo el nuevo androide (en serio, Tudyk la rompe), los personajes no brillan, tienen el motor para un desarrollo más grande, pero nunca termina de arrancar. Se puede leer como una flaqueza del guión, que en ciertos momentos peca de florituras al mostrarnos al menos un planeta más del que necesitábamos saber. Aunque claro, también podemos tirar del hilo y decir que esa falta de dibujo en los personajes es un sub-texto sobre lo reemplazables que son los soldados en la guerra. Son piezas, engranajes, pero sobretodo son vulnerables, no se sienten invencibles como los Jedis y los Han…esto, eso pues. Eso en si mismo les agrega una capa de drama.

O mira, quizás solo esté mal y ya. La vaina es que con todo y eso, la peli tira millas, sigue siendo harta entretenida.

Magia, la justa.

La presencia de Cushing nos lleva al segundo apartado a destacar de la película: los efectos especiales.

La dupla digital de Cushing/Henry es tan inquietante como genial, llevada a un nivel de detalle que al menos a mí me tenía convencido que habían conseguido o a un muy buen doble, o a alguien que la rompe en eso de la necromancia. Por otro lado, y en la misma vena de The Force Awakens, el universo de Rogue One tiene esa patina de mugre, de decadencia y destrucción que uno espera de una Galaxia devastada por el poder fascista del Imperio. Lo más importante es que siente vivo, orgánico, como que forma parte del universo que venimos visitando desde hace más de 30 años. Lejos quedaron esos días de precuela harta de plástico y cromo; el efecto práctico destaca y eso se agradece.

Gareth Edwards logra conjurar todos los elementos familiares de Star Wars, sans jedis, y entre drama y algunos chistes, nos presenta algo que se siente nuevo, diferente. Cuando vas a ver una de Star Wars esperas la épica y la magia, el sable laser, la Fuerza y el trocito de sabiduría y tragedia: es en esencia alta fantasía con naves.

Rogue One va por otra ruta y nos presenta una peli de guerra, que se nutre de la vena de El Día Más Largo, Un Puente Muy Lejano o Rescatando al Soldado Ryan. No es una película sobre héroes sobrenaturales, es más humana, más cercana, más cruda. Se agradece ver personajes que sangran y que la cagan, quizás hasta hubiese faltado que salieran más de su cascarón; pero es evidente que Edwards es un hombre que conoce al dedillo su material y su público, y aprovecha su tiempo para dejar cada cabo atado y cada guiño en su lugar adecuado.

Lo que viene.

Tras los últimos (magistrales) 10 minutos de peli, a Victoria y a mí no nos quedó otro remedio que unirnos a ese absurdo ritual de aplaudirle a la pantalla; pero no quedaba de otra. Rogue One al menos iguala la propuesta de The Force Awakens y plantea qué otras cosas podemos hacer en el universo de Star Wars. ¿Exceso de fan service? Cuando se hace bien, no molesta, se celebra.

Cuánto se agradece no tener que soportar la mano del guionista que impone al personaje que se convertirá en el juguete más popular del año, o el imbécil más odiado de la década. Cuánto se agradece ver una historia que si bien no es una disertación filosófica sobre la vida y la muerte, al menos tiene suficiente madurez para afeitarse y caerle a tiros a quien haya que caerle (no son pocos, eh). Se nota un montón que es un film hecho por alguien que creció con Star Wars y que ahora quiere contar sus historias sin tener que apelar al “apto para todo público”; y mira que tiene cojones, considerando que técnicamente, Star Wars es Disney.

En el horizonte queda Episodio VIII, que en cualquier momento nos sienta de culo con algún teaser porque, hey, es en un año. Además ya sabemos que viene otra antología centrada en nuestra lacra espacial favorita, Han Solo. Si Disney sabe hacer las cosas, y mira que están demostrando que sí, sabrán exactamente de que hilos tirar para tejer ese nuevo tapiz. Cuando salga, Victoria y yo estaremos ahí para verlo.

 

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