Sing Street: O soñar al ritmo de los 80s.


El domingo pasado Victoria, Paola y yo nos reunimos para ver los Globos de Oro. Como aficionados al cine, la TV y a toda la pompa y tradición que rodean ese mundillo, esto de ver las premiaciones se ha convertido en nuestro pequeño ritual de comienzo de año. Es una oportunidad de compartir trivialidades, hacer quinielas y tuitear chistes bobos sobre qué tan grande era el pedo de Goldie Hawn o si alguien se olvidó servirle la cena al pobre Denzel Washington.

Admitiendo que no le presto toda la atención que me gustaría al mundo del cine y la televisión, los galardones también son una especie de guía de recomendaciones gratuita. Están las favoritas que te las machacan hasta en el display del microondas, y están las sorpresas “indie” que se cuelan aquí y allá, y que suelen ser un tiro al piso.

Este año, viendo las nominadas a mejor comedia o musical, me llamó la atención el clip de Sing Street, un largometraje del irlandés John Carney, conocido por aquí y allá gracias a un par de joyitas musicales: Once (2007) y Begin Again (2013). También es conocido aquí y allá por tirarle un par de dardos a Keira Knightley que provocaron la ira de las hordas virtuales.

Pero a lo que venimos.

La música como contexto.

A Carney el binomio música+dramedy le había funcionado bastante bien en sus salidas anteriores. Tan bien como para Once se llevara un Oscar a Mejor Canción. Así de bien. Sing Street es una nueva vuelta de tuerca de esa fórmula, pero con un cambio en la marcha: está ambientada en los ochentas.

El argumento de la película es harto sencillo: Conor es un adolescente en la Dublín del 85. Un día conoce a Raphina, una aspirante a modelo, y la invita a ser protagonista de un vídeo para su banda. Solo hay un problema: la banda solo existe en su mente. Peor aún, Conor nunca ha escrito una canción en su vida, o música.

La película  es el viaje de Conor, el de su banda y el de su relación con Raphina;  contado en un tono que raya entre el realismo crudo y la fantasía, un acierto que logra retratar tanto el contexto social de la Irlanda de la época como esa ingenuidad soñadora tan común en los clásicos adolescentes de los ochenta. Es como un acto de malabarismo con Ken Loach en un extremo y John Hughes en el otro, o como bien lo resumen dentro del mismo film: es algo happy-sad.

Carney se vale de dos herramientas básicas para sumergirnos en la época: la música y el mise en scene. Una colección de temazos de los ochentas apoyados visualmente por cada referencia a la moda de la época cuanto es posible, es prácticamente un vídeoclip para la banda sonora y creo que eso no sería casual, después de todo, los ochenta vieron nacer el vídeoclip como complemento a la música y vainas tipo Mtv o VH1.

La música como narradora.

Me incomoda ese lugar común de “la música es otro personaje” al momento de hablar de cine. Me incomoda porque suele referirse a un soundtrack de buenas canciones y no a un buen uso de la banda sonora. Y ajá, de pinga, está bien escuchar un disco con buenas canciones, pero idealmente me gustaría escuchar la música y sentir que cuenta algo o expresa algo, no comprobar que el director tiene buen gusto (o no).

En el caso de los musicales, esto es particularmente importante, por no decir fundamental ya que, los números musicales  suelen mover la trama o a veces contar toda la historia, a la Paraguas de Cherburgo. Pero Sing Street no es esa clase de musical.

 

No hay gente que canta y baila de forma espontánea, pero hay gente que hace música y baila. El acto de crear música, desde sus torpes inicios hasta su primer toque con público, refleja el crecimiento de Conor y su relación con el resto de los personajes: su familia, sus amigos, su anhelo y hasta sus rivales. La música no sustituye al protagonista, lo acompaña, lo complemente.

La música no es entonces un personaje, no distrae o tapa agujeros: la música cuenta algo y expresa algo. Que las canciones además sean buenas y deliciosamente ochentosas es un añadido, no un requerimiento. El OST está en Spotify btw, en caso que quieran chequearlo.

La música como fantasía.

Los musicales clásicos establecen un acuerdo con la audiencia: la gente canta y baila y esto es normal, es la vida; todos aceptamos que latinos y blancos en Nueva York resuelven sus diferencia bailando. Pero en un rincón de nuestro cerebro sabemos que estamos soñando, que estamos sumergidos en una fantasía. Es eso, precisamente, lo que nos permite transportarnos a Oz, a Halloween Town, o la Paris de la post-guerra.

Sing Street, por todo su realismo, no deja de ser una fantasía. Seguramente esto es totalmente explicito en la secuencia que acompaña el tema “Drive it like you stole it” (un temazo, un puto temazo). Es el momento en el que Carney dice “a la mierda todo” y entramos de lleno en terreno fantástico, con toda la chispa y estilo que puede conjurar la mente de un adolescente soñador. Ya no un guiño, sino una reverencia al videoclip como forma de arte.

Aunque en un registro completamente diferente, la sensación que me quedó luego de ver Sing Street fue muy parecida a cuando vi Let the Right One In. Esa capacidad de insertar algo fantástico en una realidad plana y a veces dura, sin perder el ritmo, ese soñar despierto que nos transporta a la adolescencia, que logra evocar esa sensación de que todo está por hacer y que somos un jodido tren imparable. Eso, para mí, es magia pura y dura, y se celebra.

Si además podemos celebrarlo al ritmo de buena música, mejor aún.

 

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