Moonlight o el gran cine de las pequeñas cosas.

El domingo fue día de cachifeo en la casa. Para los no instruidos en maracucho, significa que pasamos el día limpiando a fondo. Medio día se nos fue en ese plan, además de ir a hacer la compra y luego acomodarla en la despensa. Pero era domingo, eso significa que había que aplacar la ira de los dioses y dominguear. Nosotros somo la escuela de “cine o series”, por lo que hoy decidimos ver Moonlight, el segundo largometraje de estadounidense Barry Jenkins.

Nos picó la curiosidad desde que vimos los Globes,  luego pillamos el reparto y entonces de curiosos pasamos a interesados. No es el motivo más noble para decidir por una película, pero a veces estas cosas funcionan así, qué le vamos a hacer.

Moonlight es la historia de Chiron (Trevante Rhodes/Ashton Sanders/Alex Hibbert), un chico negro de un barrio pobre en Miami. Su historia se cuenta, o se vive, en tres episodios centrados en la identidad del protagonista en tres momentos de su vida, su infancia, su adolescencia y su madurez; Little, Chiron y Black, respectivamente.
Podría decir que es una película de que llaman Coming of Age, pero sería limitar el alcance de la narrativa de Moonlight.

Es una película profundamente íntima en más de un sentido, no solo porque Jenkins y su guionista la imbuyen con vivencias personales, sino porque en todo momento acompañamos con Chiron, incluso en sus momentos más íntimos. Dicho así podría sonar como es una película limitada en la experiencia que pretende transmitir, pero Moonlight logra comunicar una experiencia universal, la búsqueda de la identidad y de las conexiones que nos une a los demás.

Moonlight es además una película valiente en el sujeto que toca: la inmensa dificultad de encontrar tu lugar en un mundo donde eres la minoría dentro de una minoría dentro de una minoría. Como su protagonista, es una película de pocas palabras, lo cual nos obliga a observar detenidamente, a interpretar los silencios y sobretodo, las imágenes. Jenkins nos entrega un film que nos recuerda a los grandes cineastas que lograron contar grandes historias, y generar grandes reacciones, sin necesidad de apelar a la épica y el artificio. Esto no quiere decir que no sea un film huérfano de drama, al contrario, está presente desde el minuto uno.

Pero claro, cuando eres niño, tienes problemas de niño. ¿No iba así el asunto?

Moonlight no se esconde, no dora la píldora. Es un retrato natural, sin ser sensacionalista, de la realidad de su protagonista, quien le toca navegar una complicada infancia y doblemente difícil adolescencia en un barco muy jodido de conducir, porque miren que es difícil llevar esto de la vida con una madre junkie y una figura paterna dealer.

Aquí entra uno de los elementos a destacar, el gran performance de Naomi Harris, más impresionante aún cuando te enteras que lo rodó en tres días mientras estaba de gira promocional para Spectre. Merecidos también todos los reconocimientos a Mahershala Ali, quien tiene una de las mejores escenas que haya visto, no en esta sino en cualquier película que haya visto. Está claro, el trabajo de los tres protagonistas también es notable, logrando distinguir cada interpretación pero manteniendo una sensibilidad común.

Uno de los aspectos que más me llamó la atención es el trabajo de cinematografía, cómo logra mantenernos en comunión con un personaje difícil de acceder, es personal sin ser voyeurista, es expresiva sin ser estridente, con una textura propia para cada acto que engloba cada etapa de la vida de Chiron, evocando un sentimiento casi documental dotado de una tierna empatía. Más que mirar a Chiron, lo acompañamos; formamos parte de su mundo.

Al final lo que más me impresionó de Moonlight es la sensación de haber visto algo hermoso en medio de una historia que parece estar lejos de serlo. Puede que de entrada solo sea sobre lo complicado que es crecer siendo pobre, negro y gay en el sur de la Florida.

Pero es mucho más qué eso.

Es un viaje en búsqueda de la identidad haciendo frente a una realidad en la que no pareces tener lugar. Es descubrir aquello de “quién soy yo” para inmediatamente enfrentarlo con el “quién esperan los demás que sea”. Es también una historia sobre la redención, una historia sobre crecer, sobre sobrevivir. Irónicamente, es una película que se escapa clasificaciones, que se pierde en sus distintas identidades.

Y sí, eso sin duda es lo hermoso. Recomendada, harto.

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