Santa Clarita Diet o esas comidas familiares

Hace poco estaba esperando el bus para ir a no recuerdo donde, un destino común, cuando vi un mupi con una publicidad de una tal Santa Clarita Diet, una serie que iba de gente que comía gente, conclusión a la que llegué gracias a la imagen de unos dedos en un empaque de papa fritas. A todas estas, ¿esa cajita tiene nombre? Debería tenerlo, suena al tipo de cosas que tienen un nombre que solo conocen los que sirven papas fritas, y que cuando te lo dicen te quedas como “ve, chico, eso tiene nombre”…

En fin.

Llego a la casa y, seguro, Netflix me recomienda que vea Santa Clarita Diet, con Drew Barrymore y Timothy Olyphant. De la señora Barrymore no veía nada desde 50 First Dates, al señor Olyphant desde Rango donde hace la voz de un personaje tipo Clint Eastwood, lo cual está muy bien, porque solo lo recordaba de Deadwood que es una serie western cojonuda que todos deberían ver. Es más, vayan a verla. Es más, yo voy a verla porque solo vi como dos episodios sueltos y eso fue suficiente para saber que era cojonuda.

Pero divago.

Santa Clarita Diet es, efectivamente, una serie sobre gente que come gente. ¿Es una serie de zombies? La respuesta sencilla sería sí.

Técnicamente, la respuesta correcta es no.

En el sentido más estricto de la palabra, un zombie es un cuerpo reanimado por métodos mágicos y controlado por alguien, la clave del zombie es que carece de voluntad. Esto va de no-muertos, que es lo más que hay en castellano. Pero ni siquiera, Santa Clarita Diet es una comedia negra sobre una familia,  pasa que la mamá es una no-muerta, cosas de la vid…erm…de la  ¿muerte?

A nivel de tono me recuerda a una gran serie de la década pasada, Dead Like Me. Criminalmente subestimada, Dead Like Me era de esos programas que uno puede llamar “adelantados a su época”, si hubiera salido en estos tiempos de Netflix y Amazon, la habría roto. Si quieren otra referencia, es un poco del tono de las cosas que hace Barry Sonnenfeld, el señor de Addams Family, MIB, la reciente adaptación de A Series of Unfortunate Events y la también criminalmente subestimada Pushing Dasies.

Pero en gore.

La clave para entrarle a entrarle a Santa Clarita Diet es entender que es la clase de serie que no se toma a si misma demasiado en serio. O por el contrario, se toma tan en serio todo que lo extraordinario parece normal. En esta serie la mamá se vuelve no-muerta y comienza a comer gente. ¿Se convierte en un estudio sobre la naturaleza humana ante la muerte, un drama lleno de conspiraciones, magia y persecuciones por parte de agencias cuyo nombre hay que decir en siglas?

Respuesta corta: No.

Los conflictos son mucho más mundanos y se tratan con una seriedad que puede resultar hasta descolocante (eso es una palabra, lo es porque la acabo de usar). Es precisamente en esa reversión de las expectativas donde reside gran parte de la gracia de Santa Clarita Diet. No es “amor mío, la muerte nos acecha, el mundo nos persigue…”, es “amor mío, hay que vender una casa y criar a nuestra hija, ven que te ayudo a rebanar a este señor para la cena”.

El gore es casi secundario, aunque está presente. Cuando a Drew le pica el hambre, habrá sangre. Pero no es un espectáculo,  es normal, es atrezzo, es algo que mueve la trama; no hay una glorificación del espectáculo de masticarle la oreja a alguien, es tan rutinario como prepararse un sándwich. Y no es que los personajes estén locos, es que el mundo de Santa Clarita Diet funciona así, o al menos así lo muestran los realizadores.

No es una serie exenta de fallas, claro está. El performance del señor Olyphant por momentos se siente afectado, manic que dirían en inglés, hay una o diez risas nerviosas de más. A nivel de guion sí hay algunos agujeros, atajos que se toman para mover la trama dentro del tiempo permitido en cada episodio, además de extrañar algo más de eso que llaman “world building”.

Por suerte lo bueno supera lo mejorable. El performance de Drew Barrymore en su extrañeza logra encontrarle el punto justo a su personaje. Liv Hewson y Skyler Gisondo en sus papeles de hija rebelde y vecino nerd interpretan dos de los adolescentes más verosímiles que he visto en televisión, y tiene huevos el asunto, considerando el contexto en el que se mueven sus personajes.

Santa Clarita Diet vale la pena, se puede digerir en una semana or so de ver un par de capítulos al día. No es un argumento nuevo, porque Dios sabe que nos han machacado con los no-muertos desde cada ángulo imaginable; pero el tratamiento es lo justo de diferente para sentirse fresca. Está por encima de la media con el potencial de convertirse en algo mejor aún con los ajustes necesarios. En el peor de los casos, sirve de entremés mientras esperamos el plato fuerte de otras series más duras.

Buen provecho.

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