Fences o de Broadway a la pantalla.

Muchas de las grandes películas que se han hecho están basadas en obras de teatro. Por ejemplo, las obras de Tennessee Williams encontraron muchas veces destino en la gran pantalla, adaptadas por el mismo Williams además. Tal es el caso de A Streetcar Named Desire o Suddenly, Last Summer por nombrar dos de las más conocidas dirigidas por Elia Kazan y Joseph Mankiewicz respectivamente. Dos pedazos de directores, por cierto. Podemos irnos a un ejemplo más reciente, A Few Good Men de Rob Reiner es una adaptación hecha por Aaron Sorkin de su obra con el mismo nombre. El punto es que podríamos tirar de este hilo durante un rato.

El instinto natural es pensar que una adaptación del teatro al cine es relativamente sencilla. Más o menos están los mismos elementos, hay unos actores, un espacio, hay luz…el cine es, después de todo, como una evolución del teatro, ¿no?

No. O sea, sí, pero no.

En mi experiencia limitada, diría que el teatro es un arte que gira en torno a los personajes. El foco, literalmente, está en el actor, en su interpretación, en cómo aprovecha el espacio, en su vestuario y su utilería. De una u otra forma, el peso de una obra recae sobre los hombros del actor y su capacidad de dar vida al texto a su disposición. No es casual que del teatro seamos capaces de nombrar a muchos interpretes y a otros tantos autores, pero difícilmente podamos nombrar algún director o luminista.

Ajá, ¿y el cine no es lo mismo?

Sí, y no. Es decir, a veces.

El cine es imagen. El actor es importante, cuando es necesario. ¿Cómo así? Bueno, hay cine que sin actores, y es cine extraordinario. Por citar otro par, está El Hombre de la Cámara (Chelovek s kinoapparatom) de Dziga Vertov, o Berlin: Die Sinfonie der Großstadt de Walter Ruttman, o la Trilogía Qatsi de Godfrey Reggio. Películas, algunas extraordinarias además.

Entonces, es imagen, con todo lo que eso implica: composición, iluminación color. Además es imagen en movimiento, por lo que debemos añadir espacio y tiempo, o sea, montaje. Para rematar es imagen en movimiento con sonido: sumemos diálogo, sonido y música.

Ahora, ¿para qué todo este intro, esto no iba sobre Fences? Sí, ya vamos a eso.

Fences, tercera salida al ruedo de Denzel Washington, es la historia de Troy Maxson (Washington) y su familia, su esposa Rose (Viola Davis) y su hijo Cory (Jovan Adepo). Es la historia de su vida en una Pittsburgh post-guerra, con un hermano afectado mentalmente por el conflicto, con su mejor amigo de toda la vida, con su otro hijo de una relación anterior. Es su vida, es cómo ve su vida, es cómo enfrenta a la vida y sobretodo, a la muerte.

Fences es también una adaptación de una obra de teatro, una protagonizada por Washington y Davis en su revival de Broadway y que les valió sendos Tony a cada uno. De ahí que ambos regresaran a encarnar los papeles para la adaptación. Y porque son dos interpretes grandes cual palmeras de cocos, por eso también.

Con esas credenciales uno espera entonces un pedazo de película.

Sin embargo, lo que vemos es un pedazo de obra de teatro.

El texto de Fences es poderoso, es frenético, es omnipresente durante la primera media hora, casi no hay un segundo de silencio, todos los personajes hablan y especialmente Troy parece incapaz de callarse. El texto dibuja quién es cada uno: Troy, el hombre rudo y pragmático empedernido al punto de la cojera emocional; Rose, pragmática a su propia manera, mucho más abierta al cambio y leal hasta el detrimento propio; Cory, el hijo que busca su propio lugar en el mundo, que busca trascender a su padre.

Pero imagen, la justa.

Esto es mi crítica principal a Fences. Sí, es una historia poderosa, un drama genialmente interpretado. Pero me falta lo más importante, la imagen. Fences es una película centrada casi exclusivamente en sus personajes, casi sino todo lo que sabemos de ellos es porque lo dicen, casi nada se muestra, se revela. Incluso en otros aspectos, como el espacio o el atrezzo quedan en un segundo plano por la gran cantidad de diálogo. La cerca titular, si bien va tomando más peso a medida que desarrolla la película, queda relegada a un segundo plano para dar protagonismo a la interpretación de Denzel, que sí, que está cojonuda, pero muéstrame más, no me lo cuentes.

El  problema de Fences es que no puede cambiar su identidad, es una obra y en la pantalla se siente como una obra, no hay una transición clara en dos medios y dos lenguajes que parecen iguales pero que son fundamentalmente distintos. La cámara está atada, el espacio constreñido; hay algunas semillas que piden a gritos más agua, más desarrollo, más crecimiento. Pero al final se quedan en eso, detalles. Son dos horas y cuarto y se sienten, se sienten porque salvo un puñado de grandes personajes hablando, no pasan demasiadas cosas.

Fences tiene cuatro nominaciones, dos muy merecidas para Denzel Washington y la señora Davis, porque de verdad son otro nivel estos dos, uno más alto. La de Guion Adaptado y Mejor Película no las veo, la verdad sea dicha, aunque al final uno es solo alguien que escribe tonterías en un blog. Ahí queda eso, pues.

Fences es una película que me deja un mal sabor de boca. No porque la considere mala, sino porque siento que se quedó a mitad de camino entre los dos medios que existe: cine y teatro. Si les gustan los dramas intensos y las grandes actuaciones, es una peli que no pueden dejar pasar. Pero si buscan imágenes poderosas o algo más, digamos, cinematográfico, bien pueden esperar a que la suban a Netflix.

O mejor, pillen el próximo revival en Broadway, estoy seguro que en las tablas de un gran teatro debe ser toda una experiencia.

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