6 a 1 o nuestra historia.

Vaya, un post que no va de cine, televisión o nostalgia, ¿quién lo diría?

Ayer, 08 de marzo de 2016, una fecha que vivirá en la historia del barcelonismo.

Ah sí, que soy culé, por cierto.

Desde que terminó el partido pensé en escribir algo al respecto, pero no me salía nada, creo que cuando grité ese sexto gol me quedé sin palabras, un mal no menor para alguien que disfrutar escribir de tonterías varias. Pasé buena parte de la tarde-noche viendo repeticiones del gol, de las narraciones, de las reacciones, sacando hasta la última gota de juego a la emoción, destilando su esencia, intentando una vez más entender por qué estas boludeces como el deporte lo emocionan a uno, por qué es que uno siente un vínculo,  un espíritu de pertenencia con algo así. No hubo éxito en la empresa, pero eso no impide que hoy me les hable sobre lo que me pasó por la cabeza.

El Barça tiene a muchos mal acostumbrados, especialmente a los fanáticos más jóvenes. Yo no es que esté curtido en canas, pero recuerdo otros Barcelona(s), unos para los que ganar un título se consideraba un éxito, y un doblete era la gloria. También recuerdo al Barça que consideraba una conquista llegar a Champions, amén que fuese por la vía del golazo  de Rivaldo al Valencia, esa noche en el Camp Nou con un estadio delirando por alcanzar un cuarto puesto. Lo que es el valor relativo de las cosas, ¿no les parece?

Sin ir muy lejos, a veces olvidamos que el Barça de Rijkaard tuvo un final triste con epílogo humillante, una goleada en el Bernabeu que se inauguraba con un pasillo al Madrid, campeón de al refriega, y se cerraba con una portada del Diario Sport vestida de negro increpando a los jugadores frente a tal humillación. No era tocar fondo, era entrarle con los dientes y sin paracaídas.

Entonces llegó Guardiola, madre mía, cómo llegó. Si nos mantenemos en la línea de la épica, es imposible hablar de ese equipo sin mencionar el gol de Iniesta en Stamford Bridge. Recuerdo que lo vi en un bar del carrer de Berlín, con mi familia y unos amigos que estaban de visita. Recuerdo a mi madre golpeando una silla, a los amigos gritando sin tener demasiado claro el por qué lo hacían, recuerdo como despegué de la silla y volé un par de segundos mientras las llaves de la casa terminaban en el suelo del bar, suerte que no un plato de bravas. Ay, ese gol de Andrés, esa final de Roma, ese primer triplete.

Pero, que siempre hay uno, hablar de épica es hablar también de la remontada que no fue, de esas semis ante el Inter de Mourinho que comenzaron con un volcán islandés de nombre impronunciable, pasaron por un gol de Milito que nos jodió la noche y terminó con un gol anulado en el último minuto, un orgasmo abortado en plena descarga de endorfinas. Como jodió haber perdido la oportunidad de disputar la final en el sancto sanctorum merengue. Curioso la facilidad (y felicidad) con la que se iba levantar un trofeo que se antojaba tan pesado.

Este, sin duda, también es otro Barça, el de Lucho, el de la MSN. Incluso, diría que es el de Luis Enrique en versión 2.0, porque una cosa era ese que ganó el triplete con Iniesta y Xavi en la batuta, y otro es este que si bien tiene otros recursos de pegada, adolece cierta dirección magistral como las que regalaba el señor de Terrassa. Es un Barça diferente,  puede gustar más o menos, pero es el que tenemos.

Es ese que dado por muerto en la Liga, se aferra al clavo ardiendo y vuelve a depender de si mismo y de su regularidad. Es ese que mantiene su hegemonía dinástica en el torneo de Copa y solo espera la fecha para llevarse la vigésima novena al saco. Es ese que se planta en el paredón de una nueva masacre de San Valentín y permite, principalmente por pasiva, que el PSG de Emery le acribille con cuatro que se antojan imposibles de remontar, por historia y estadística.

Si hay algo que está demostrado es que la historia se tuerce; y que la estadística está teniendo un bienio complicado entre deportes y elecciones. Nunca Rainieri y el Leicester habían ganado una liga, hasta que la ganaron. Nunca un equipo había tirado una ventaja de 3 a 1 en una final de la NBA, hasta que los Warriors claudicaron ante los floretes de los Cavaliers. No hablemos ya de los Cubs, perdedores centenarios hasta que la marquesina de Wrigley Field iluminó la fachada del viejo estadio con un “Cubs Wins” que resonó a través del tiempo.

Nunca un equipo había remontado una eliminatoria con un 4 a 0 en contra…hasta ayer. ¿Estamos ante la remontada deportiva más importante de la historia? No
¿Es la más grande? Sí. O no, pero para mí sí.
Explícate, que no tiene sentido lo que dices.

Para apreciar lo realmente improbable y extraordinario que fue lo que pasó anoche, primero hay que ser culé, no hay de otra. Como eso no es justo, lo siguiente es poner en contexto. Si me lo permiten, voy a ello:

Remontadas como las de los los Cubs y los Cavs el año pasado, o la de los Red Sox en 2004, fueron en series de siete partidos donde el resultado de un partido no afectaba al siguiente. Puedes ganar por uno o perder por 25, solo cuenta como una victoria o un triunfo. Salvo el peso psicológico de no tener margen de error, no hay especulación alguna en torno al resultado, cada juego es una unidad. Todas esas remontadas, por cierto, terminaron en algún título.

OK, pero, ¿qué hay de remontadas como las del United al Bayern en el 99 en Barcelona,  del Liverpool al Milan en el 2005 en Istanbul?

La del United tuvo al virtud de consumarse en unos tres minutos, pero, viéndolo friamente, el segundo gol fue una guinda. El United para irse a prórroga solo necesitaba un gol, el de Sheringham. Que Solskjaer  haya voltado la tortilla unos segundos después les ahorró el dolor del tiempo extra y una tanda de penales. Fue épica, fue hermosa, pero solo requería de un gol para devolver al United al partido; partido que tuvo casi entero para lograrlo, porque el gol de Bassler para el Bayern vino en el minuto 6.

La montaña del Liverpool era más empinada. Con tres en contra después de 45′ minutos, tenían que al menos devolver la dosis al Milan en la misma cantidad de tiempo. 3 en 45′. Y lo lograron. Siendo odiosamente escrupulosos, el Liverpool empató, la “remontada” se consuma en el tie-breaker, en los penales. No lo hace menos milagroso, épico o extraordinario. Es el milagro de Istanbul, es probablemente la mejor final de la historia de la Copa de Europa/Champions League.

Ahora, si lo del Liverpool tenía peralte, lo del Barça era subir el Tourmalet, con un tipo agarrado a la rueda trasera.

En una eliminatoria a doble partido, el resultado del primero pesa, más si son cuatro chicharros en contra y ni uno a favor. De entrada, el blaugrana necesitaba hacer al menos 4 en 90′ para igualar e irse a la prórroga, o 5 para detener el reloj en noventa más descuento. Pintaba bien, con el gol de Suárez, el autogol provocado por Iniesta y el penal convertido por Messi; hasta que llegó lo único que necesitaba el PSG para picar, un descuido en defensa. Cavani dispara y 3 a 1.

¿Siguen siendo cuatro, no? No.

Ahora son seis en total, porque con un global empatado, el que tiene más  goles de visitante, gana. Ya no son 4 o 5 en 90′, ahora son 3 en 30′ más el peso de la ansiedad y con Cronos soplándote la oreja. Es hacer lo mismo que hiciste en 60 minutos, en la mitad del tiempo y sin margen de error, ya no hay prórroga posible, es matar o morir. Que suene el degüello y a fijar las bayonetas.

Mira que se tomaron su tiempo, al final ni siquiera fueron 3 goles en 30 minutos, fueron 3 en 8′, contando la prórroga y con el portero en el área rival buscando el remate de cabeza. Curioso detalle ese último, todos hablan del gol de Sergi, de Neymar echándose el equipo al hombro, de Messi entregado a la afición o de Luis Enrique moviendo las piezas correctas. Pero pocos mencionan algo: el gol vino tras un tiro libre provocado por una falta a Ter Stegen, en el campo del PSG. Mira, si alguien dudaba que ese pana sabía jugar con los pies, que se lo haga ver. Ter Stegen robó un balón, sacó una falta y se quedo a rematar, creo que solo hubiera sido más épico aún si el gol lo hubiera hecho él. Pero fue de Sergi, del silencioso Sergi Roberto. Uno de casa, uno de la Masía. El partido fue de Neymer, pero la puntilla la dio uno con ADN blaugrana.

Bakero en Kaiserslautern, Belleti en Paris, Iniesta en Lóndres y ahora, Sergi en Barcelona.

Éxtasis.

Si hay alguien que conozca una catarsis más poderosa que el gol, que me la muestre, mi garganta y yo se lo agradeceremos. Correr, saltar, llorar, gritar, declamar; todo esto y más por algo tan vulgar como un balón cruzando una línea. El de anoche logró eso y sumó el milagro de la resurrección, un Barça al que daban por muerto se levantó como Lázaro; la dinastía que agonizaba mostró que el libro no estaba en el epílogo, sino en el capítulo más emocionante. No se ganó nada, pero cuánto se conquistó.

Amanece y es jueves, toca volver a la rutina, este finde hay que ir a Coruña a seguir peleando la Liga. Estamos vivos, aún hay Liga, aún hay Copa y aún hay Champions. No sé si se ganará alguna, pero lo que sé es que la historia, esa ya es del Barça. Vendrán los que remonten un 4 a 0, o más. Pero esa, la de anoche, esa es nuestra.
No, no será la más importante, pero no puedo pensar en algo más grande.

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