5 finales de película o la improbable narrativa del deporte.

Hace poco escribí algo de deporte en este blog, fue la primera vez. Puede parecer una salida de tono, pero desde un principio lo concebí como un espacio para hablar de las cosas que me gustan, me apasionan o me distraen lo suficiente. Admito que odio la idea que ese post se quede aislado, pero hoy la musa se apiadó y me dejó un hilo del que podía tirar.

No sé si ustedes le paran demasiado a los deportes, a mí me encantan, al punto que uno de mis hobbies en Barcelona era mirar a los abuelos jugar petanca, ser el público, aplaudir las buenas jugadas. Nunca me miraron feo y a más de uno se le dibujaba una media sonrisa cuando yo soltaba un “hala, que buena…” después de un buen lanzamiento. Ese pequeño gesto es lo que diferencia el deporte como disciplina y el deporte como espectáculo: una audiencia.  En el momento que tienes público, además de deportista, eres interprete y tu juego pasa a ser una narrativa. Dios sabe que el público disfruta de una buena narrativa.

La historia del deporte, todo el deporte, nos ha regalado verdaderas epopeyas. Algunas han sido llevadas al cine, otras se han quedado en eso de tener “un final de película”, quizás una lástima o quizás una bendición disfrazada, no querría ser el pobre director que le toque, por ejemplo, capturar la emoción de la final de la Champions del 99, esa remontada en tres minutos del United que le valía no solo la Copa de Europa, sino el triplete; dejando a Lothar Matthäus sin el máximo trofeo continental en su última oportunidad.

De eso se trata, de lo improbable, del subtexto. La final del 96 de la NBA pudo ser la primera del segundo triplete de los Bulls, pero también fue la primera de Jordan tras la muerte de su padre, la imagen que se te queda es la de este señor llorando abrazado al balón tras el sexto partido. Si el Super Bowl XXXII fue emotivo fue porque finalmente los Broncos dejaban atrás el título de perdedores, pero también porque finalmente ese era para John Elway, uno de los mejores QB que en lanzar balones dentro de un campo.

Entonces, vamos a hablar de finales de película. Antes de comenzar con el clásico…¡PERO SE TE OLVIDÓ X!, un par de cosas: hablo de las finales que he visto. Por otro lado, le doy más puntos al drama que al desempeño. Finalmente, decidí no incluir ninguna del 2016 porque francamente, esas dan para un post por si mismas. Parafraseando a los que anuncian el Miss Venezuela, esto es en estricto orden aleatorio, o lo que es lo mismo, como me voy acordando.

5. Final de la Copa UEFA 2001: Liverpool 5 – 4 Alavés.

Esta la saco de una vez porque a diferencia de los guiones tradicionales, no tuvo un final lo que se dice feliz. La final de la UEFA del 2001 enfrentó al mítico Liverpool contra el humilde Alavés. En cuanto a diferencia de tamaño y presupuesto, esto es lo más dispar que se me ocurre: el Alavés era un equipo sin títulos mayores, debutando en Europa y con apenas siete años de experiencia en Primera…en su historia. Del otro lado el Liverpool que, bueno, es el Liverpool.

Fue un partid de ida y vuelta, con el Alavés siempre a rebufo pero logrando igualar el marcador hasta la prórroga. Fueron 116′ minutos de partido peleado que terminó de la forma más cruel imaginable, un tiro libre de McAllister que Geli cabecea en propia puerta para un auto-gol de oro, ese retorcido mecanismo que por suerte ha sido eliminado de las reglas del fútbol. ¿Ustedes se imaginan lo complicado que debe ser explicar que tu gol le valió un título al Liverpool, pero que jugabas para el otro equipo?

Nada me une al Alavés salvo el cariño que tengo a muy buenos amigos en Vitoria, pero pocas veces se me ha roto el corazón en tantos pedazos tras un partido. Lo épico también se viste de luto a veces.

4. Serie de Campeonato de la Liga Americana de 2004: Boston Red Sox 4 – 3  New York Yankees.

La ALCS del 2004 es de esas cosas que nadie puede escribir porque dicen que es mentira. Por un lado Yankees, los malditos Yankees, el eterno ganador, con sus cuatro campeonatos en los 10 años precedentes. En frente, los Red Sox, los malditos Medias Rojas, esos mismos que no ganaban desde que vendieron a Babe Ruth a Yankees hacía 86 años.

Esta serie tiene la virtud de no dejarnos un momento inolvidable, sino varios. Si debo elegir uno, el cuarto partido se lleva la palma, y un noveno inning que fue algo así:
Con tres outs para llegar a una nueva Serie Mundial, los Yankees traen a Mariano Rivera para que le ponga la llave al cerrojo. Mariano fucking Rivera, el mejor cerrador de todos los tiempos, the Sandman, el apagador de luces oficial de la MLB.
El primer bateador llega a primera por base por bolas. Entra un corredor emergente que a la primera oportunidad se roba segunda; posición anotadora que hace efectiva con un sencillo de Bill Mueller.

Lo improbable ha sucedido, Mariano Rivera pifia un juego salvado.

Llegamos a la baja del segundo y el “Big Papi” David Ortiz la pone en órbita, deja en el terreno a los Yankees y abre las puertas a la remontada, la primera remontada de un 0-3 en la historia de la serie. Bueno, eso y el boleto a una Serie Mundial donde sacaron la escoba para barrer a los Cardenales de San Luis.

El 17 de octubre de 2004 por la noche, los Red Sox estaban a tres outs de extender su miseria un año más. 10 días después serían campeones de la Serie Mundial tras 86 años.

3. Final del Abierto de Wimbledon de 2008:  Roger Federer – Rafa Nadal (4-6, 4-6, 7-6. 7-6, 9-7)

Este es en mi opinión el mejor espectáculo sobre una cancha de tenis, da igual la superficie.

Comencemos por el casting: Roger Federer y Rafa Nadal. Roger Federer en ese momento era el número uno del mundo desde hacía 237 semanas (un récord). Tenía 12 Grand Slams y 4 Tour Championships a su haber. Por cierto, de esos 12 Grand Slams, 5 eran los últimos Wimbledon. Rafa Nadal, el especialista empedernido, llegaba con sus cuatro Roland Garros en arcilla como carta de presentación, que se dice pronto pero pocos lo pueden decir.

En la final convergían varias narrativas, ¿podría Federar sumar un sexto Wimbledon al hilo? ¿Podría dejar a tiro el récord de Sampras de Grand Slams ganados? ¿Podría Rafa ganar un GS que no fuese el de Francia? ¿Lo haría en el torneo que Roger dominaba con raqueta de hierro?

Para encontrar la respuesta hicieron falta 4 horas, 48 minutos, 5 sets, 62 games, 2 tie breaks y 2 parones por lluvia.

Es difícil explicar lo que posiblemente es el mejor partido de tenis entre dos de los mejores jugadores de la historia en la cumbre de su rivalidad, es como si la pelea de Ali y Frazier en Filipinas en lugar de 15 rounds hubiese durado 45.
Dos sets para Roger contestados con dos sets a tie-break por Nadal, culminando en un quinto set a todo o nada que terminó con un Rafa hecho polvo sobre el engramado de Wimbledon, agotado pero feliz, porque llegaba como perro de un solo truco y se iba como legenda, número uno del mundo para rematar. El epílogo más hermoso de esta rivalidad fue que Federer finalmente completase el Grand Slam de su carrera en Francia, en el torneo de Rafa. No fue contra él, pero fue ajusticiando a su verdugo.

2. Final de la Copa Stanley de 2001: Colorado Avalanche 4 – 3 New Jersey Devils.

Esta requiere un poco de contexto.

En el deporte hay una historia que se repite: la leyenda sin corona. Estoy seguro que hay una lista en algún lugar de internet, pero bote pronto puedo poner algunos ejemplos: Ni Stockton, ni Malone, ni Ewing, ni Barkley, todos del Dream Team, ganaron nunca un campeonato de la NBA. La estrella de los Dolphins, Dan Marino, nunca ganó un Super Bowl. Barry Bonds podrá ser el máximo “jonronero” de la historia de la MLB (*) pero no tiene un anillo de campeonato.

Por suerte, esto es algo de lo que Ray Bourque no debe preocuparse. Ah, ¿quién es Ray Bourque?

Bourque fue un defensa que jugó 21 temporadas con los Bruins de Boston, durante ese período llegó a dos finales. Dos finales donde tuvo la recontramalísima suerte de enfrentarse a los Edmonton Oilers de Wayne Gretzky y Mike Messier, un equipo que entre el 83 y el 90 ganó cinco campeonatos. Vamos, una dinastía.

Bourque comenzó su carrera en 1979 frente a los Jets de Winnipeg, anotando un gol.
Un detalle: Ray Bourque jugaba defensa. Terminaría su carrera como el  defensor con más goles, asistencias y puntos de la  historia de la NHL. En su trayecto de tres décadas, fue un hombre leal a Boston, hasta el 99, cuando decidió apostar por los Avalanche en búsqueda de lo único que le faltaba: la Copa Stanley.

Mira que se hizo esperar.

23 años después de comenzar su carrera en la NHL,  con 1626 partidos a sus espaldas, con 451 goles anotados,  1338 asistencias y 1759 puntos, jugando el séptimo y último partido de la final, su último juego compo profesional, finalmente pasó esto:

1. Fiesta Bowl 2007: Boise State Broncos 43 – 42 Oklahoma Sooners.

Otra que necesita un poco de explicación, pero demonios, si ya llegaron hasta aquí, quédense hasta el final.

El deporte colegial en Estados Unidos es un negocio, de eso nadie tiene duda. Pero la idea romántica del estudiante-atleta, ese que lo hace todo por amor a la camisa, perdura. Seguro, las grandes estrellas también lo hace por la esperanza de que salga su nombre en el Draft y terminar firmando un contrato profesional. Pero el resto juega por orgullo, por coraje, por la camiseta.

El fútbol colegial además tiene un problemita. Aquí es donde se complica el asunto, así que tengan paciencia.

Entrar en detalle sobre el funcionamiento del fútbol de la NCAA es dedicar un largo post  al asunto. La forma más sencilla de explicarlo es decir que funcionaba por consenso. Al final de la temporada había alguien, un comité, una institución que determinaba quien era el Campeón Nacional. No había un partido, una final, un torneo.
Luego vino la era de las encuestas, la de la AP y la de los Entrenadores: tras una votación, había un ranking a final de temporada que, más o menos, te decía quién era el campeón. Digo más o menos porque en algún momento una encuesta decía A y la otra B. Una solución parcial vino en 1998 con la creación del Juego de Campeonato, un juego a todo o nada entre el #1 y el #2 del ranking elaborado por un nuevo comité, utilizando encuestas, modelos computarizados y, quizás, I Ching.

Aunque algo mejor, la imperfección de los rankings persistía, en buena medida debido al heterogéneo mundo de las conferencias en el deporte universitario. Por usar un símil en fútbol: tienes tus ligas grandes, como España y tus ligas chicas, como Albania. En el fútbol colegial es igual, hay conferencias fuertes como la SEC, y otras menos competitivas, como la MAC. La diferencia es que en la UEFA, en teoría, un equipo de Albania puede ganar la Champions si juega bien, en el fútbol colegial un equipo de una conferencia menor no tenía oportunidad de jugarse el Campeonato Nacional.

Llegamos entonces al 2007, el Fiesta Bowl. No, no es el Juego de Campeonato, a pesar de incluir un equipo invicto, pero de una conferencia menor. Aún así, es un tazón, es un partido importante y además, enfrenta a los modestos Broncos de Boise State con los Sooners de Oklahoma, un programa con siete títulos a su haber.

Fue un augurio que el partido se jugara en Phoenix, porque tuvo tantas resurrecciones que no sabría si celebrarlos o fundar una iglesia. Fueron como dos partidos en uno.

El primero duró lo que duró el tiempo regular, los Broncos comenzaron dominando y llegaron a ponerse 28-10 en el tercer cuarto. Justo en ese momento, los Sooners se acordaron que eran los Sooners y contestaron con 25 puntos por ninguno de los Broncos. 35-28 con 7 segundos por jugar y pasa esto:

Hook and Ladder se llama la jugada, una jugada de engaño y nos vamos a extra tiempo.
Por cierto, aquí debo explicar que la prórroga en la NCAA se juega así: una posesión para cada equipo, quien anote más, gana. Hay mucho más detalles, pero ese es el que importa.

OK, primera posesión para Oklahoma, anotan y convierten el punto extra. 42 a 35 y balón para Boise.

Boise State llega hasta la yarda 5 de de Oklahoma, en 4ta. y 2. En cristiano, eso significa última oportunidad para avanzar dos yardas… o perder. Segunda jugada de engaño: meto a mi segundo QB como corredor, este recibe el primer pase, envía un segundo al fondo y…Touchdown para Boise.

Muy bien, ahora solo tienes que anotar el punto extra y empat….ya va ¿qué?
¿Conversión de dos puntos?
El entrenador de Boise State logró la improbabilidad cuántica de ser el hombre más tonto y más brillante del deporte al mismo tiempo. Pudiendo empatar, decidió jugársela para ganar…en una sola jugada…y fue esta jugada:

¿Qué tan importante fue ese partido?
Al corto plazo, poco. Seguro, se llevaron los honores y las portadas, pero técnicamente, no ganaron nada. Bueno, quizás poder decirle a todo el mundo que ganaron el partido…contra ese rival…con esas jugadas.

¿Y a largo plazo?
Bueno, si vieron el último vídeo, notarán que el narrador comenta algo como que el partido se había convertido en el mejor argumento en favor de un sistema de playoffs coherente, uno que de oportunidad a todos los equipos sin importar su procedencia, un espacio para que todos los Davids sueñen con derribar a Goliath.

¿Adivinan cómo se define el campeón desde hace 4 años?

Pues eso.

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