Feud: Mommie Dearest o ay, mamá… – Review

La semana pasada, cuando vi el título del episodio de este domingo de Feud, sabía que la cosa prometía. Verán, en lo que se refiere a un personaje como Joan Crawford, invocar esas dos palabras, Mommie Dearest (algo así como mamita querida), es abrir la caja de Pandora. Excepto que en lugar de los males del mundo, hay relatos de abuso infantil que van desde amarrar a tu hijo a la cama u obligar a tu hija a comer carne cruda. Tela…de la naturaleza marinera.

Sin embargo, el episodio de esta semana de Feud no se enfoca en el morbo de los relatos de Christina Crawford sobre su madre, sino en construir una idea simple pero efectiva para separar a los personajes de las personas: Crawford y Davis eran estrellas… y madres. Feud hace un trabajo mucho más interesante que simplemente escenificar los rifi-rafes entre Joan y Bette; busca mostrar lo paradójico de una rivalidad entre dos mujeres que podrían tener mucho más en común de lo que nadie imaginaría; y que incluso en sus diferencias habrían tenido más oportunidad para la solidaridad que para la enemistad.

Madre solo hay…¿una?

Mommie Dearest nos muestra dos visiones de la maternidad.

Crawford es estricta, perfeccionista, obsesionada con las “buenas formas” y el cómo se presentan sus hijas ante la sociedad. Es una madre dedicada al cuidado de sus hijos, de su crecimiento y de su imagen. Pero a medida que el episodio avanza, comenzamos a notar algunos agujeros en el acercamiento de Joan. Siendo una mujer obsesionada con el reconocimiento y el afecto de quienes lo rodean, sus hijos se terminan convirtiendo en una muleta, una reservorio de atención y sobretodo, de sumisión. Son una oportunidad de ejercer la medida de poder que Hollywood le niega, por su personalidad pero sobretodo por su edad. Quizás el golpe de gracia casi al final cuando una escena nos muestra que la más reciente solicitud de adopción de Joan es rechazada, no por que esté soltera, sino porque está vieja. Pobre Joan, con todo el tiempo que invierte en lucir joven.

En la otra esquina, Bette Davis, que nos muestra otra forma de ser una madre dedicada. Davis también  le da importancia al cómo ven a sus hijos, a que no les falte nada, a trabajar y trabajar para poder darles lo que necesitan, desde una educación adecuada hasta una oportunidad de mostrar su talento. Davis parece entender la diferencia entre brindar lo que los hijos necesitan y exigir lo que reclamas como madre.
El retrato de la maternidad de Davis es similar pero al mismo tiempo contrastado al de Crawford. Ambas trabajan duro por su familia, ambas son estrictas pero dan espacio para las concesiones, ambas depositan un gran valor sobre sus hijas. ¿Donde está la diferencia?

(*Aquí debo reconocer el trabajo de Kiernan Shipka en su papel como B.D. Merril, hace falta ser buena actriz para interpretar una mala actriz convincente.)

Todo el que tiene una madre…

Seguramente la escena clave de todo el episodio está en el comienzo, en un momento que no vemos a las protagonistas como madres, sino como hijas.  La adolescencia de Davis en un internado que la forzó a ser fuerte, defensiva y cortante enfrentada a la terrible infancia de Crawford, sumergida en abusos sexuales y en retorcidas expresiones de afecto. De nuevo los contrastes, la oportunidad para la solidaridad, pera unirse en las diferencias.
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Si tomamos esta escena como piedra roseta, el resto del episodio se revela claramente, el contexto dota de significado a estas dos formas de ser madre. Lo interesante es que juega a dos bandas: separa y vincula a los personajes en medidas similares. Donde Crawford es egoísta, Davis es casi altruista, notable en el recate de su co-estrella Victor Buono de la policía de las buenas costumbres. Pero en el otro lado, ¿por qué odiarse? ¿cómo sentirte rival de alguien que ha sido tan honesto sobre su verdad, sobre su vida?

Pasa que una vida te hace distante y la otra te hace rogar por afecto. Bueno, eso y que todo el mundo, los productores, los directores, los periodistas, se benefician de tu rivalidad.

Pudimos ser amigas…

Seguro, el episodio dedica una buena porción a explorar este lado maternal de Davis y Crawford, de cómo ese terreno común las pudo convertir en aliadas. Pero, el show debe continuar, y esto se llama Feud, ¿no?
Continuando el juego de los contrastes y las contradicciones, en un episodio bastante dramático es donde quizás más me reído, desde el diálogo hasta los gags.

Debo admitir que me encontré sonriendo en más de un momento durante el montaje que mostró las “dificultades” que se dispensaron cada que durante el rodaje.
¿Ponerte pesas en la escena donde te deben cargar y luego arruinar toma tras toma para tener que repetirla? Maquiavélico, efectivo. Me gusta.
¿Golpear de verdad en los planos cortos donde debo simular que te pateo? Tosco, doloroso, me lo quedo.
¿Traer una nevera de Coca-Cola al lado de tu máquina vendedora de Pepsi? Rebuscado, pero seguro, también sirve.
Si todas estas historias son ciertas, son un reconocimiento al compromiso de ambas para fastidiarse la vida mutuamente, y a la paciencia infinita del personal de rodaje.
Esta guerra abierta y declarada llena de poder a la última secuencia se centre en el retake del clímax la película, en esa confesión que funciona a nivel meta, y en esa pregunta retórica que Davis le dedica, en personaje, a Crawford: después de todo este tiempo, ¿pudimos ser amigas?

Buena pregunta, Baby, buena pregunta.

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