Senna o aquel maldito 1 de mayo…

Lo normal es que escriba sobre estrenos. Por ejemplo, es muy probable que el martes suba un review de Beauty and the Beast porque tenemos entradas para el lunes por la noche. Si están siguiendo el blog, notaron que escribo de las temporadas de las series cuando las veo de un tirón, o cuando las veo episodio a episodio. Por cierto, eso me recuerda que debería ver Legion. Nota mental.

Anyway… A partir de ahora también voy a escribir de las pelis que vea en Netflix o en Hulu, alguna que hayan agregado y sobre la que tenga algo interesante para comentar.

Ayer revisando la mencionada lista de recién agregadas vi que estaba Senna, un documental de 2010 de Asif Kapadia, el mismo director de Amy, film que le valió un Oscar hace un par de años. Senna, como podrán deducir por el título, va sobre el tricampeón de Formula 1 brasileño, Ayrton Senna, héroe deportivo en su nativa Brasil, y me atrevo a decir, en otros países.

Domingos de historia, con historia.

No puedo comenzar a hablar de un documental sobre Ayrton Senna sin viajar un poco en el tiempo, unos 23 años para ser más preciso.

Un momento, voy a contar las canas que me salieron después de escribir eso.

OK, estamos de vuelta.

Hablar de Ayrton Senna es hablar de los fines de semana en casa de mi señor padre. Buena parte de mi afición a todo lo que es deporte viene de esos fines de semanas donde veíamos casi toda competencia que mostraran en la tele. Béisbol, basket, fútbol… hasta golf.
Y claro, Formula 1.

Recuerdo despertar temprano los domingos para ver la carrera en la TV grande de su habitación, recuerdo esa época de carros verdes, amarillos y rojos; de motores Porsche, Lamborghini y Yamaha; recuerdo el juego de distinguir nombres como Brundle y Blundell que además corrían para el mismo equipo. Claramente recuerdo la rivalidad entre Senna y Prost. Eso era una rivalidad, lo demás son milongas.

Yo tenía un problema o más bien no me hacía problema: le iba a los dos. Según como tenía la mañana, un día le iba al francés narigón, y otros días le iba al simpático brasileño. En retrospectiva era un posición bendecida, el no tomar parte del asunto y solo disfrutar del espectáculo puro, porque mira que estos señores eran un show. De hecho, ellos eran EL show.

Historias en todos lados.

Hay dos cosas que me impresionaron de la labor de Kapadia con Senna.

 

Lo primero, es que si bien Senna es un documental, no es una simple enumeración de hechos, es una narrativa dramática. Comenzando con el GP de Mónaco del 88 y terminando en el maldito GP de San Marino del 94, Senna es un recorrido por la fulgurante carrera de uno de los mayores talentos en recorrer las circuitos de la máxima disciplina del motor.

Kapadia hace un trabajo de documentación que solo es comparable con su posterior Amy, donde apuesta por mostrarnos una cara muy, muy íntima del sujeto que retrata. En el caso de Senna no solo vemos a Ayrton el piloto, sino que conocemos a Ayrton el hijo, el hermano, el amigo, el galán y, especialmente, al héroe.

Dependiendo de donde son, lo siguiente será más o menos fácil de entender, aún así, haré mi mejor intento.

Cuando un país está jodido, muy jodido, necesita de muchas cosas para seguir adelante. Seguridad, comida, salud y vivienda, la base de la pirámide; pero también necesita un sentido del logro, del triunfo, alegría. Los venezolanos entendemos esto a la perfección: cada triunfo deportivo es un triunfo colectivo, cada gol, cada jonrón, cada medalla es una victoria no solo de un atleta, sino de un país.

En el Brasil de finales de los ochenta y principio de los noventa Senna era exactamente eso, con la salvedad que no solo ganaba algunas carreras: ganaba campeonatos. Hablamos del país más grande del sur del Río Grande para abajo; cuando celebran es algo colosal, pero cuando la pasan mal, es en grande también. Ayrton se convirtió en la personificación de la catarsis colectiva que necesitaban los brasileños, era el triunfo y la alegría hechos hombre. Era el héroe del pueblo, del trabajador, era la prueba de que el talento y el esfuerzo llevan a un lugar mejor.

Todo esto siendo Senna un hombre de una familia de clase alta y practicando el que es seguramente el menos asequible de los deportes. Mire usted que hace falta carisma para trascender las barreras sociales en un país, de hecho, un continente tan polarizado.

Ahora, toda historia con un gran héroe necesita un gran villano. En el caso de Senna el antagonismo está representado tanto por su gran rival en la pista, Alain Prost y su compatriota, Jean-Marie Balestre, presidente de la FISA y garca extraordinario. El ser capaz de luchar no solo contra uno de los más grandes pilotos, sino contra todo el sistema personificado en Balestre tan solo refuerza el estatus legendario de Ayrton; el talento de un país humilde contra el establishment, contra la élite. Era casi un cliché que además fuesen casualmente franceses.

La verdad, y nada más que la verdad.

El segundo punto a favor de la dirección es el talento que hace falta para hacer un documental usando solo imágenes de archivo. En Senna solo vemos una cosa, la realidad. Ni una recreación, ni una infografía, ni una sola dramatización. La colaboración oficial de la familia Senna y de la Formula 1 se nota, no se guardan nada. Desde películas caseras hasta grabaciones de los briefings de los pilotos antes de las carreras, incluyendo los más contenciosos.

La única floritura que Kapadia se permite es insertar audios de entrevistas realizadas a algunos de los que vivieron en primera persona a Senna. Su hermana Viviane, su jefe en McLaren Ron Dennis, su amigo y médico de la FIA Sid Watkins, y su rival Alain Prost. Todos brindan una perspectiva personal e íntima sobre lo que representó era Ayrton, además del impacto en la historia de su deporte y de su país.

El efecto que logra desafía la física, te mueve en el espacio y en el tiempo, te coloca dentro de esta historia. Lo acompañas en sus triunfos, palpas su indignación cuando se siente agravado como en el GP de Japón del 89, o cuando tutea sin un pelo de vergüenza a un mito como Jackie Stewart; su miedo es tu miedo cuando ves el terrible accidente de Martin Donnely en Jerez en el 91.

Todas esas sensaciones se transforman en la más pura y absoluta frustración e ira cuando llegas al 94, cuando llegas a ese fin de semana entre abril y mayo en San Marino. Uno sabe lo que va a pasar, pocos accidentes han sido tan estudiados como el de Ayrton Senna: cada ángulo de cámara disponible, cada detalle de la telemetría, cada testimonio. En retrospectiva, no hubo absolutamente nada rescatable de ese fin de semana: el viernes Rubens Barrichello vuela y no se mata de casualidad durante las prácticas. El sábado Roland Ratzenberger no es tan afortunado y muere tras estrellarse contra un muro.

¿Por qué no le hizo caso a Watkins, por qué no sencillamente irse a pescar y olvidarse de ese mundo?

Abre la carrera con un accidente con el accidente de J.J. Lehto y Pedro Lamy, otro mal augurio. Entonces  llegamos al momento que sabemos que vamos a llegar, hasta el punto de la película que no queremos ver.

Vuelta 7, curva de Tamburello. El mundo se hizo un poco más triste, un poco más oscuro ese día.

Pasa en la vida…

Con Senna, Kapadia logra el mismo efecto que con Amy: capturar la esencia de la tragedia y la tristeza que produce ver partir a alguien antes de tiempo. En el caso de Senna, un hombre competitivo hasta el último momento, que se fue como vivió, al filo, a tope. La próxima vez que alguien te pregunté que diferencia hacen unos pocos centímetros, recuérdale que unos pocos centímetros fueron la diferencia entre que Senna saliera aturdido pero vivo del hospital, y que hablemos de él en pretérito. Como fastidia esa conclusión: sencillamente se le acabó la suerte.

En los único que separa a los pilotos de la muerte, la fortuna. Senna vivió al límite siempre, pilotando como un hombre poseído por un poder mayor. Él siempre confió que fuese la mano de un Dios en el que siempre depositó su fe; uno que lo acompaña eternamente en su epitafio: nada podrá separarme del amor de Dios.

Mira, no sé si de Dios, pero del amor de los que siempre lo van a admirar, de ese seguro que nadie lo podrá separar.

Un gran documental, recomendado.

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