La Bella y la Bestia o final feliz para ti, y para ti, y para ti…

La noche del lunes fuimos a ver La Bella y la Bestia, la nueva versión del clásico animado de Disney de 1991. Digo nueva versión porque me cuesta llamarla live-action, considerando que se llevó casi tanto tiempo en post-po que lo que la original se llevo en animación.  Esta nueva versión es dirigida por Bill Condon, director de nombre funesto ante todo, y es protagonizada por Emma Watson y Dan Stevens. El reparto es una lista de pesos pesados que arranca con Ewan McGregor y Sir Ian McKellen, pasa por Luke Evans y Josh Gad, y remata con Audra McDonald, Emma Thompson y Stanley Tucci. Ah, y Kevin Kline.

A nivel argumental, si viste la del 91, sabes exactamente lo que pasa en esta. Bueno, tiene unos detalles extras y un par de escenas que cierran ciertos agujeros argumentales de la original. Se agradecen, pero de resto es exactamente la misma película musical. Y esto último es importante, ya verán por qué.

It’s Showtime!

Esto es una peli hecha para los fans de la original, es su target fundamental. Seguro, en el camino captará un montón de fans nuevos que tienen la edad que los millenials tenían en el 91, pero fundamentalmente es un gigantesco y exitoso festín de nostalgia  con un presupuesto que le solucionaría el año a un país pequeño. Quizás a dos.

Por usar una palabra, es una extravaganza, en el sentido más amplio y espectacular de la palabra. Si hay un pilar sobre el que se se apoya esta película, además de la mencionada nostalgia, es un diseño de producción que explota desde la escena uno y no baja el ritmo hasta el final. Decir que es “bonita” es quedarse corto, es sobrecogedor, barroco. No solo en los espacios asociados a la Bestia/Príncipe, sino incluso en el pueblo de Villeneuve, que más que una pequeña villa de provincia, parece un resort de la campiña francesa. No se escatimaron gastos, todo brilla, todo destaca, es una fantasía, es el cuento de hadas hecho “realidad”.

La construcción de los números musicales es para sacarle lágrimas a los fanáticos. No exagero, lo vi a ambos lados de mi asiento. Es como si Broadway y Hollywood hubiesen hecho furioso y colorido amor y hubiesen tenido un hijo en technicolor que es partes iguales Sondheim, Lloyd-Webber y Busby Berkeley. Si les ponen los musicales, este les va a encantar, en ese sentido es una verdadera joya. Todo está redondeado con un diseño de vestuario, maquillaje y peluquería que sería una verdadera sorpresa si no gana el Oscar, porque la nominación la tienen asegurada.

A nivel interpretativo, hay que tomarlo con un grano de sal. Es teatral y por ello la interpretación es teatral, es grandilocuente, es un musical, demonios, es un género donde la emoción es tan desbordante que solo queda como remedio cantar y cantar. Ahora, puesto a elegir en este apartado, me voy con Luke Evans y especialmente, Josh Gad. Ese pana se roba la peli.

Feliz, feliz y alegre, alegre.

Dicho eso, Bella y Bestia es un film con ciertas costuras visibles. Lo fundamental es que es un largometraje que en sus dos horas y poco de duración, no aporta nada nuevo. Es la misma película del 91 con un par de canciones extras y unos detalles de trama adicionales. Es una recreación a veces plano a plano de la muy estimada versión animada, ¿Es esto necesariamente negativo? Creo que es debatible, yo me inclino por sentirme subestimado como audiencia.

Visualmente, es una peli que brilla, es un largometraje que le pertenece al departamento de arte y en cierta medida al de foto, aunque no hay nada notable en este apartado salvo que “se ve bien”. Es correcta, es apropiada, pero de nuevo, no propone nada nuevo con una historia que puede dar para mucho como lo demostró Cocteau en el 46.

Viene entonces el tema, digamos, delicado.
¿Hay un sub-texto empoderador en Bella y Bestia?

Sí, lo hay. Pero es el mismo que había en la del 91. Cualquier detalle de construcción de personaje se pierde en el espectáculo. Es muy poco, muy disperso, es como un sub-texto en aerosol. El otro tema de “controversia”, el personaje gay, es risible. Y es risible porque así lo retratan en la película, los matices de Le Fou que se supone connotan su orientación sexual terminan siendo el punchline de varios chistes. Cosa curiosa, con todo y eso, LeFou me parece uno de los personajes que de hecho tiene un arco definido.

Lo que es, no lo que queremos que sea.

A pesar de lo que pueda decir, esto funciona. Funciona porque es entretenimiento, sin necesidad de reivindicaciones sociales. Funciona porque toca todas las teclas que los fanáticos nostálgicos esperan que sean tocadas. Funciona porque es una peli con una gran manufactura, con una labor titánica en eso de transformar una fantasía en algo que pareciera se puede palpar con los dedos.

Pero cuando no vienes con esa medalla de fanático Disney, no se puede eludir esa sensación de estar en una fiesta donde no te invitaron; resulta difícil hacerte partícipe de la emoción superlativa que, en teoría, debería despertar.

Hace poco comentaba con Victoria que la historia de Bella y Bestia perdía punch cuando te dabas cuenta que al final el príncipe era un tipo guapo. Era como trampa, porque si el mensaje es que la belleza va por dentro, pierde un poco el chiste cuando el pana termina siendo un tipazo. Esta versión me dejó esa misma sensación: sentir que no importa lo que digas, lo que hagas o cómo lo hagas, al final todo es bonito, todos somos guapos y eso es lo que importa.

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