American Gods 1×03: Head Full of Snow

Si hay algo que debo reconocer luego de tres episodios de American Gods, es la fidelidad con el libro. Seguro, hay algunas secuencias movidas de lugar aquí y allá, pero de momento es una serie escrupulosamente fiel, incluso al punto de afectar su propio ritmo por una cadencia más, digamos literaria. Eso fue notable en el episodio anterior, y en buena medida, se siente en este. Sin embargo, mientras que en el capítulo dos sentíamos que no pasaba casi nada, aquí fue lo contrario, sentí que metieron más de lo que es posible en un solo episodio.

Por cierto, SPOILERS.

En Head Full of Snow conviven dos narrativas, la trama principal del Shadow Moon (Ricky Whittle) y el señor Wednesdey (Ian McShane); y los relatos que podríamos llamar “Somewhere in America”, que profundizan en el riquísimo universo de la serie. En ese apartado, la serie nos presenta a dos personajes: el primero es el señor Jacquel (Chris Obi), la personificación del dios egipcio Anubis, quien se encarga de juzgar a las almas de los recién fallecidos y guiarlos por el inframundo. El segundo es un Jinn (Mousa Kraish), es decir, un Genio como el de la historia de Aladino. Ambas secuencias son poderosas visualmente, especialmente la segunda, con una marcada diferencia de tono al resto de la serie; estableciendo una clara separación entre el mundo “real” y el mundo “divino”, por usar una palabra.

De vuelta a nuestra historia principal, luego de perder la cabeza por el juego, literalmente, Shadow conoce a la tercera de las hermanas Zorya (Erika Kaar), que a cambio de un beso le regala la luna. Sí, acaban de leer eso. Sí, es exactamente lo que sucede. Quizás lo maravilloso de  una serie como American Gods es esa capacidad de traducir las páginas de Neil Gaiman a algo visual, a algo que navega las aguas entre lo fantástico y lo real. Es apropiado, ya que a medida que Shadow se adentra en este mundo con nosotros, es así como se siente, como si las barreras entre lo real y lo imaginable son casi invisibles.

Ese bien podría ser el tema central de este episodio, el cómo Shadow Moon se da cuenta que, efectivamente, ya no está en Kansas. Esta idea de dualidad, de un mundo detrás de un mundo funciona en distintos niveles, desde lo más mundano como en las estafas que se monta Wednesday para sacar pasajes, comida o dinero; hasta en lo fantástico con los sueños extraordinariamente vívidos que tiene Shadow.

Cada nueva etapa del viaje con este viejo embaucador le revela a Shadow que las cosas no son como las imaginaba; o irónicamente, que de hecho las cosas que imaginaba son. Cosas como que una diosa eslava te baje la luna, como que un “duende” saque monedas de oro del aire, como pensar en que va a nevar y que de hecho nieve, o como que un día llegas a dormir y te encuentras a la última persona que imaginabas sentada en la cama.

El tercer episodio de American Gods le sube una marcha a la historia y nos deja claro algo: en este mundo la fe no solo mueve montañas, a veces las crea de la nada. Y eso está bien, porque a donde va Shadow, va a necesitar toda la ayuda que pueda imaginar.

Get Out o lo que esconde la imagen.

Llevaba tiempo que no veía un buen thriller en el cine. De hecho, llevaba tiempo que no veía un thriller en el cine, punto. En los últimos años la inversión de ir al cine estaba asociada al espectáculo, al cine cotufero de súper heroes y los conflictos bélicos en una galaxia muy, muy lejana. Pero a las entradas regaladas, no se le mira el diente. A menos que sea algo como, no sé, Hollywood Chihuahua 4.

Get Out es el debut en la silla de director del señor Jordan Peele, el de Key & Peele. Las reseñas, muy buenas, y los scores de IMDB, Metacritic y Rotten Tomatoes sugerían el título de peliculón, cosa notable si hablamos de un primer largometraje. Eso, y que me lo vendan como una mezcla de thriller con comedia, punto medio entre Guess Who’s Coming to Dinner? y Stepford Wives ya eran suficiente para ir con expectativas al cine.

La peli, bueno, va exactamente de eso. El amigo Chris Washington (Daniel Kaluuya) va de visita a casa de los padres de su novia Rose (Allison Williams) para disfrutar un fin de semana de comida, familia e incomodidad y tensión racial. De aquí en adelante vienen SPOILERS, así que pendientes.

Si lo antes descrito es la parte de Guess Who’s Coming to Dinner?, todo lo que sigue es la parte Stepford Wives. A medida que pasan las horas, Chris descubre que la familia de Rose puede que no sea del todo, digamos, normal. De hecho, puede que entre en eso que llamamos sociópatas, por no decir que están locos de metra.

La metáfora no se pierde en ningún momento, de hecho, a veces es eso que en inglés llaman “a bit on the nose”, algo como “un pelo de jeta”. Esto es una película de terror con una divertida peripecia, sí, pero nos viene a hablar de otras cosas que está claro son importantes para su director. Esas cosas giran en torno a los problemas raciales que aún persisten en los EE.UU.

De ese hilo tiramos y podemos ver que nos habla de varias cosas, de la violencia racial, de la esclavitud, de la apropiación cultural, e incluso del rol en tu propia liberación. Puedes estar más o menos de acuerdo con lo que te cuenta el señor Peele, pero lo que no se puede negar es que el tema está ahí.

Eso, sin duda le da fuerza a la historia, la eleva más allá del simple artificio. Se apoya además en una gran selección para la banda sonora y una una fotografía elegante y clásica, con claras referencias a los thrillers de Hitchock que se extienden a un inteligente uso del atrezzo (atento al algodón). Las actuaciones son de muy buen nivel, especialmente la del protagonista, un gran Daniel Kaluuya que logra encarnar un personaje real, libre de muchos clichés raciales y cinematográficos.

¿Fallos? Personalmente, creo que sí. Por usar una metáfora deportiva, la bordó en los elementos técnicos y la impresión artística… pero falló el desmonte. La película se construye en un muy buen ritmo, crece en tensión y te pone al borde de la silla para el momento de “aaaaaahhh… claro”. Pero en ese punto, tambalea. El recurso utilizado no solo desdibuja un poco lo que ha venido construyendo, sino que rompe el tono de la película e incluso, creo que afecta un poco el sub-texto.

Eso no evita que la peli sea efectiva, divertida, incluso notable. Ojo, no solo como thriller, sino como comentario social. Es un buen debut para Jordan Peele, un tipo de grandes talentos que ahora se extienden a la dirección de cine. Espero que sea el primero de una buena camada de films que no solo diviertan, sino que reten.

Recomendada, sin duda.

American Gods 1X02: The Secret of Spoon.

La mitología de American Gods es rica. ¿Qué tan rica? Bueno, Neil Gaiman toma prestado basicamente de todo panteón disponible en el imaginario colectivo para crear el universo de novela, y mira, eso es mucha, mucha gente. A nivel literario lo resuelve de una forma bastante inteligente, si no les importa adelantarse a la serie, los invito a leerlo o, si son más de TV, a no dejar pasar el libro una vez terminada la adaptación.

Mi punto es que al haber mucha gente, algunos más “rara” que otra, se hace necesario darte un tiempo para establecer las reglas del juego. En el review del primer episodio comenté que el pacing estaba diseñado para sentar las bases de lo que estaba por venir; y en el segundo, The Secret of Spoon, los showrunners doblan su apuesta en ese sentido.

Algunas cosas de lo que viene podrían considerarse SPOILERS, avertidos quedan.

El episodio, vacío de un conflicto claro hasta el final, sirve para presentarnos a tres personajes más: Anansi, un dios con una gran afición por los chistes, las historias y ser el más listo de la cuadra, quien se gasta un monólogo de presentación interpretado genialmente por Orlando Jones. En segundo lugar está Media, papel de Gilian Anderson, algo así como la personificación de los medios, quien recibe sus oraciones en forma de tiempo y energía invertida frente a una pantalla. Finalmente, tenemos a Czernobog, una deidad eslava encarnada por el gran Peter Stormare, un dios oscuro, rayado y malhumorado. Bueno, y con una extraña fijación con matar vacas a martillazos.

Además, aprovecha y profundiza, cosa que no te hay en el libro, en el personaje de Bilquis, Reina de Sheba, vieja diosa del amor y lujuria. Sin duda las secuencias más alucinantes visualmente le pertenecen a ella, siguiendo lo establecido en el primer episodio.

En líneas generales, es un episodio raro en su timing, no avanza mucho la trama pero cuenta muchas cosas de los personajes, apuesta por la construcción del mundo por encima de la narración de la trama central. El viaje de punto A a punto B es corto, es más con quién lo hacemos y qué vemos en el camino. Eso sí, en eso que llaman “foreshadowing” en inglés, vamos, en eso se regodea desde el minuto uno.
Al terminar, al menos dos cosas son evidentes: viene una tormenta de las grandes, y por alguna razón todos quieren a Shadow Moon de su lado.

No es un mal episodio, es interesante para profundizar en el universo que no en la historia, pero sin duda que tiene un paso lento; le hará falta ritmo a la tercera salida de la temporada, so pena de convertirse en esas series donde “no pasa nada”.

Passengers o el espacio (desperdiciado)

Entre una cosa y otra, había dejado pasar ver la última de Chris Pratt en el espacio. No, esa no, la otra. Pero como en estos días de internet inestable y pocas cosas que hacer, decidimos darle una oportunidad, entender por qué le vamos a pagar doble dígitos al señor Pratt y a la señorita Lawrence.

Passengers es el quinto largometraje de Morten Tyldum,   y su segunda producción “grande” tras The Imitation Game en 2014. Como les dije antes, los protagonistas son Chris Pratt y Jeniffer Lawrence, acompañados de Michael Sheen y Lawrence Fishburne. Y ya. Bueno, hay que si un par más que hacen de computadoras y algún cameo, pero personajes, esos, lo justos.

Passengers es de esas películas paradójicamente minimalistas. Es decir, son cuatro personajes, en una película de +100 millones de piedrólares. Descontando los salarios de los protagonistas, que son como un tercio, siguen siendo unas cuantas decenas de millones para rodar y post-producir. Y mira, se nota, la dirección de arte es una delicia en lo que a diseño se refiere.

Ah, la historia, ya, a eso vamos. Pues la premisa es relativamente sencilla: Jim (Pratt) es un tipo que va en una nave colonial a otro planeta en otra estrella. Por un accidente, se despierta antes de tiempo, unos 90 años antes de tiempo. 90 años perdido en un centro comercial son muchos años; sobretodo si tu única compañía es un bartender mecánico (Sheen). Al borde del abismo, Jim decide despertar a Aurora, una atractiva y divertida escritora; condenándola a su mismo destino, es decir, vivir y morir en el viaje.

Después de eso son como 80 minutos de Síndrome de Estocolmo mezclado con película de desastre enmascarado en una especie de retorcido romance. Si apagamos la conciencia, funciona en cierto nivel, la película sin duda es entretenida, resultona que le dicen.

Pero…

Este tipo de películas de pocos personaje suelen tener dos pilares: el primero es la química y la fuerza de las interacciones entre los personajes. Eso te lo tiene de cierta forma; Pratt y Lawrence tienen chispa y eso no se puede negar. Demonios, si me voy a quedar atrapado en una isla por 90 años, tanto mejor que sea con estos dos.

El segundo es la utilización del espacio, y no me refiero al de las estrellas. Mejor paro ahí con el chiste porque se nos puede salir de las manos esto. A ver, de esas cosas que el cine aprendió y amplificó del teatro, el uso del espacio es una bastante importante. Pensamos que la escenografía es solo un lugar donde el director de arte y su equipo se lucen, y sí, hay algo de eso. Pero el espacio, como todo elemento, debería ser una herramienta más de comunicación, de expresión.

En el caso de Passengers hay algunos detalles puntuales; un bar aquí, un árbol allá. Pero para todos los millones que se dejaron en crear este inmensa, maravillosa y detallada nave, se me hace poco el protagonismo que le dan su espacio. Sí, esto es una historia de los dos personajes, pero toda su peripecia se construye en torno al espacio que habitan, es lo que detona la historia y lo que determina las circunstancias de su progresión.

¿Funciona la película? Sin duda, es efectiva, te comes la historia al ritmo de las palomitas, te comes el romance y te comes la angustia; pero la sensación de subestimar tus propios recursos está ahí; después de todo, no solo fue en el sueldo de tus estrellas en las que te dejaste buena parte del presupuesto.

Passengers es una película que cumple su función pero que no creo que trascienda más allá de su época en taquilla, no la veo entrando a ninguna lista de imprescindibles, quizás la del domingueo, plan “buena y ya”.

Split o el otro señor Shyamalan.

Recuerdo pocas películas que hayan dado tanto que hablar como The Sixth Sense de M. Night Shyamalan. Diría que fue la película que abrió la nueva era del “no spoilers please”, dado su final –inesperado-, pero que realmente no tanto su uno le presta algo de atención a lo que te está contando el señor Manoj. En esos años, del 99 al 02, enlazó un trío de películas que no estuvieron nada mal: la mencionada Sixth Sense, Unbreakable y Signs.

De ahí en adelante el señor Shyamalan agarró de cachondeo eso de ponerle finales inesperados a todo y se convirtió casi en una parodia de si mismo, rematando con esa infamia llamada The Last Airbender y After Earth, la primera quizás la peor adaptación de una serie animada y la segunda quizás el peor film de los últimos veinte años. Eso es tocar fondo, y pegarte con el piso significa una cosa: rebotar.

Split. tras The Visit en 2015 y Wayward Pines para TV ese mismo año, es el retorno del mejor M. Night Shyamalan a la gran pantalla, y lo es en más de un sentido, así que vamos a ello.

SPOILERS AHEAD, que no digan que no aviso.

Split es la historia de de Kevin, interpretado por James McAvoy. Kevin es un tipo raro, tanto que un día secuestra a Casey (Anya Taylor-Joy), una estudiante de secundaria, y a dos de sus compañera de clase, Claire y Marcia. Eso son los primeros cinco minuto de la peli, no se da muchos rodeos y entra en ruedo. Esto es un thriller de un secuestrador y unas chicas que buscan como escapar.

De ahí en adelante se nos sale de las manos todo bastante rápido. Kevin sufre de desorden de identidad disociativa, que es fancy para “tiene personalidades múltiples”. ¿Cuán múltiples? No son pocas, eso se lo puedo decir, y es una señal del talento del señor McAvoy el poder interpretar a cada una de forma distintiva y sobretodo perturbadora.  No quiero adelantar demasiado de la historia porque sería arruinarle las película.

Pero es justo decir que es un thriller efectivo, minimalista donde importa y rico donde tiene que serlo. No hace demasiado aspavientos de efectos especiales ni falta que le hace, todo está en la interpretación, en un genial uso del espacio y del atrezzo como elementos de proyección; además de algunos apuntes de iluminación y encuadre bastante interesantes, hitchcockianos incluso; cosa reforzada además por esa costumbre del señor Shyamalan de insertarse en sus films.

Claro, tiene sus detalles más flojos, como un guion que a veces parece estar al borde de colapsar por el peso de sus mecanismos dramáticos, o cierta suspensión de la incredulidad que acompaña a este género en el que la gente al parecer se vuelve mágicamente estúpida. Pero cuando al final de la lista sumas más aciertos que fallos, puedes decir que tienes una buena película.

El golpe maestro es, sin duda, encontrar de nuevo la forma de meter lo del final inesperado, pero que esto no te joda todo el trabajo que hiciste durante casi dos horas. Un pequeño detalle que te dice que esta peli es parte de un universo común que el mismo Shyamalan inició hace más de una década y que ya tiene una tercera parte confirmada.

Si les gusta el thriller clásico, recomendada.

Guardians of the Galaxy Vol.2 o vaya familia…

Si hay una cosa que debemos reconocerle a Marvel, entre tantas, es saber donde poner las fichas al momento de jugársela en el MCU. Hace algunos años una de esas apuestas fue hacer una versión live action de Guardians of the Galaxy, un divertido pero relativamente desconocido cómic de ciencia-ficción. En la misma jugada doblaron el ante al poner a James Gunn, un guionista/director que se ganó sus espuelas en Troma, algo así como una de las mecas de la serie B moderna.

El resultado fue uno de los mejores y más divertidos films del MCU, y la introducción al mundo marvel a otro registro de películas, uno más relajado e hilarante, sin perder ese punto épico. Y bueno, nos dio a un árbol que hablaba y un mapache bastante jodedor con cierta inclinación por el caos y la destrucción estilo Tom y Jerry.

Por todo eso, Guardians of the Galaxy Vol.2 venía cargada de expectativa; ya no era -¿de qué va esto?- sino un -¿será tan buena como la primera?

Vamos a ello entonces. Ah,  SPOILERS y esas cosas.

Lo primero que es evidente con GotG2 (sorry, ahorro tiempo y caracteres) es que no se toma a si mismo demasiado en serio. Ya el tiempo de la timidez ha pasado y se nota desde el primer momento: Gunn se lanza con una secuencia de acción que vemos en segundo plano porque en primer término tenemos a Baby Groot (Vin Diesel) bailando al ritmo del genial soundtrack de la película. Toma cierto valor ejecutar este gag, divertio y adorable todo sea dicho.

Gunn no esconde la comedia, la lleva al primer término, son personajes divertidos pero cool, tienen estilo y tienen chispa; la cosa va desde simples one-liners a chistes de pollas. También es justo con ellos, le da espacio a todos y mira que no son pocos. Drax (Dave Bautista) sigue siendo una presa de lo literal, aunque de forma más pragmática; Gamora (Zoe Saldana) sigue siendo la seria al contrapunto cómico de…bueno…todos. Rocket (Bradley Cooper) sigue siendo un cabrón, Star Lord (Chris Pratt) sigue siendo un niño en cuerpo de adulto y Groot, bueno, él es Groot.

Lo genial de GotG2 es que a pesar de que todos los personajes son consistentes en su retrato en relación a la primera; se palpa la evolución. Es aquí donde está la clave temática de todo el film: la relación familiar. Todos los dramas, todas las construcciones, todas las acciones de los personajes giran de una u otra forma a la relación familiar que han establecido con los demás personajes, viejos o nuevos. Como todas las familias, se quieren, se gritan, se decepcionan y se ayudan cuando importa. Aunque bueno, no todas las familias se amenazan con lanzarse excremento, creo yo.

En el fondo puedes sentir ese guiño naif de after-school special de los ochentas, lo cual acompasado con la banda sonora construye una idea deliciosa por parte de Gunn. Sí, sigue siendo una película de aventuras, con secuencias geniales y visuales impresionantes, pero debajo de eso hay algo muy simple y humano.

Curiosamente esta capacidad de darle espacio a todo el mundo es quizás donde está una de las patas algo flojas de la peli, que por momentos se siente un poco lenta y cargada de exposición y personajes. Es decir, se agradece un montón que tanto Yondu (Michael Rooker) y Kragler (Sean Gunn) tengan más protagonismo, igual que Nebula (Karen Gillan); no digamos ya la presencia de un mónstruo como Kurt Russell haciendo de Ego, o la inocencia de Mantis  (Pom Klementieff) o el hubris colectivo de los Soberanos. Pero sin duda se siente, y afecta. En ese sentido, la primera película es más dinámica, más fresca, más directa.

El drama familiar y el enorme de roster de personajes no evitan que GotG2 sea una película muy entretenida, dos horas de risas y emociones y montones de -aaaawwwww- cuando Groot está en cámara; vamos, que cuándo un mapache te emociona es que algo estás haciendo bien, aunque de nuevo, los mapaches son jerarquía animal, ahí con los gatos. Pero divago.

Guardians of the Galaxy Vol2 es una película divertida que hay que apreciar por lo que es, dos horas y cuarto de colorido entretenimiento visual y sonoro, con grandes personajes, muy buena acción y un director que sabe que tiene planetas que follan, árboles que hablan y animales malhumorados en el guion, así que no es momento de tomarse demasiado en serio.

Recomendada con un balde enorme de cotufas/palomitas/pochoclos. Eso sí, la soda pequeña, porque las dos horas y la vejiga llena se sienten al final, lo digo de experiencia.

American Gods: The Bone Orchard o Dios mío… la que se viene.

American Gods es de esas cosas que no hay que hacer esfuerzo para vender, porque una simple sinopsis de tres líneas es suficiente para engancharte, más aún si comienzas diciendo que está basado en una novela de Neil Gaiman,  sí, el mismo de Coraline o Stardust, el mismo de The Sandman.

Si leyeron The Sandman, se pueden hacer una idea de lo que va American Gods. La otra opción es haber leído la novela misma y entonces ser de esos importantes televidentes que graban las reacciones de sus amigos porque saben lo que viene, plan Red Wedding. pero divago.

American Gods parte de una simple premisa: Shadow Moon (Ricky Whittle), un ex-convicto recién liberado, es contratado por el señor Wednesday (Ian McShane) como su guardaespaldas. El carismático Wednesday no es muy directo sobre qué quiere decir exactamente eso de ser su guardaespaldas, salvo manejar su carro, hacer sus diligencias y golpear a quien necesite ser golpeado.

Ah, por cierto SPOILERS ADELANTE

El primer episodio de la serie se encarga de al menos tres cosas, mostrarnos a algunos de los personajes principales, establecer que aquí hay un problema gordo, y que nuestro protagonista Shadow Moon ha caído justo en medio de todo esto. Por un lado tenemos al señor Wednesday, llamado así por que es su día, carismático, embaucador y sabelotodo. Por si no es evidente, y no saben de donde vienen los nombres de los días en inglés, Wednesday es Odin, dios nórdico. Técnicamente eso no es spoiler, ya que si un tipo lo ve todo, le falta un ojo y encima te dice que su día es el día de Odín, pues mira… más claro imposible.

Por otro lado tenemos a un misterioso cabrón que según la hoja de casting se llama Technical Boy, un avatar de la tecnología que se encarga de dejarle claro a Shadow Moon que trabajar con un Odín tiene un precio que se paga en huesos rotos.

Ahí lo tenemos entonces, un dios viejo de un lado y un dios nuevo del otro: conflicto.

El episodio también nos presenta a otros dos personajes en quizás las secuencias más espectaculares. Primero tenemos a un iracundo leprechaun*  (Pablo Schrieber) que al parecer tiene tres talentos, beber, pelear y materializar monedas de oro de la nada. Vamos, que dicho así suena a caricatura, pero la verdad es que el personaje apunta a ser de los aspectos “divertidos” de una serie que abre con una horda de vikingos sacándose los ojos.
*(Un duende, de los de la olla de oro o los lucky charms)

Por último, pero no menos importante, está Bilquis (Yetide Bakadi), la reina de Sheba. Solo les digo que nunca he visto una secuencia de sexo tan erótica y retorcida al mismo tiempo, la verdad es que no le haría justicia el describirla en palabras, solo les digo que atentos a como progresa la secuencia y el encuadre. Una retorcida joya que nos deja clara una cosa, sí hay algo como una devora hombres.

Una sensación probable al terminar de ver el primer episodio, es pensar eso de ¿pero qué cojones…? Es a posta, se siente inconexo, incompleto, te deja pidiendo más. Puede parecer un truco barato, pero en este caso me parece necesario. Si hay una serie que tiene que tomarse su tiempo en construir mundo, en establecer mito, es esta. Hay que hacerle justicia al material base, tienes que tomarte tu tiempo para desgranarlo. Por eso le doy el beneficio del pacing, porque siento que esto es como una obertura que sienta las bases para un conflicto de proporciones…digamos, bíblicas.

Debo decir que American Gods pinta bien, no solo por su material base, sino por un gran reparto, una fotografía que engancha y, la verdad sea dicha, una buena selección de canciones en el soundtrack.
Este primer episodio me dejó tan enganchado como picado, mal acostumbrado que me tiene eso de ver la temporada de un tirón (gracias, Netflix). Hay que re-descubrir la paciencia, solo esperemos que tome carrerilla y que el recorrido sea tan bueno como la expectativa.